César Montúfar

La lección

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Luego de ocho años en el poder, el correísmo deja para el país una lección; evidente si no fuera porque por décadas hemos sido adoctrinados en el argumento contrario. Las sociedades modernas, por su complejidad y heterogeneidad, no cambian, no logran superar sus problemas y dar saltos cualitativos, desde arriba, por imposición, por la acción de élites o caudillos iluminados.

El correísmo lo tuvo todo para cambiar el Ecuador: una bonanza económica inédita, apoyo popular incondicional, un libreto para captar todo el poder, ausencia de oposición, un contexto internacional favorable y un liderazgo con todas las condiciones para ejecutar el proyecto político.

Ningún Gobierno, ningún líder en la historia contemporánea del país ha contado con tantas premisas de éxito. Sin embargo, los resultados están a la vista, más allá de la construcción de obras físicas, cemento y pavimento en todas sus formas, el modelo dominante se ha decantado en un rotundo fracaso.

Hoy vivimos un caos institucional en todos los niveles; el Estado de derecho colapsó; la economía afronta una incomprensible crisis fiscal que hoy pone en riesgo la dolarización; nuestra soberanía ha sido entregada a los chinos; los derechos de las personas se encuentran profundamente socavados; se evidencian agudas dificultades en el sector social, la seguridad social, en el ambiente para los negocios y el emprendimiento; se deterioran el empleo y las condiciones de vida.

Se nos vendió la falacia de que la transformación del Ecuador vendría desde arriba, con mano dura, con un líder carismático, con un Estado omnipotente que captara todos los recursos de la sociedad (la renta petrolera, los impuestos) para gastarlos en una lista interminable de proyectos, programas, acciones, iniciativas, que derivaron en un incontrolable despilfarro y corrupción.

El resultado ha sido un Estado gigante imposible de financiar (hoy representa más del 45% del PIB), la concentración de todo el poder en una sola persona, una burocracia desbordada y la consolidación de un patrón rentista de relación con la sociedad.

En estos años solo les fue bien a quienes tuvieron negocios con el Estado y buenas relaciones con el grupo gobernante. Lejos de acercarnos al buen vivir, de avanzar hacia un modelo constitucional de corte garantista, de tener más democracia, más soberanía, mayores oportunidades de progreso, el Ecuador está hoy atrapado en un modelo autoritario que se ha comido en pocos años toda la riqueza del país, cuya vocación extractivista y depredadora de la naturaleza no tiene límites, y que no presenta viabilidad hacia el futuro. El Ecuador no cambió desde arriba.
Seguimos siendo los mismos que antes, con los mismos problemas y otros más graves.

La pregunta es cuándo reformamos nuestra visión autoritaria de la historia y del cambio social; cuándo consideramos que solo con democracia, libertad, participación, amplios consensos se construyen las sociedades modernas; cuándo democratizamos nuestro sentido común del presente y del futuro; cuándo abandonamos la magia de las soluciones fáciles y pasamos al diálogo y al trabajo.