Milagros Aguirre

La justicia y el confeso

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Ahí estaba, en la puerta, alta y guapa, vestida de blanco, vendada los ojos, con una balanza en la mano (y un zapato en la cabeza), recordándonos a los presentes que una cosa es lo judicial y otra, la justicia. Ella, la artista vestida de Justicia, no pudo entrar a la sala. Una metáfora de la situación absurda. Un performance oportuno en una de esas tristes salas de audiencia a las que últimamente son tan llamados los periodistas (y caricaturistas, tuiteros, blogueros) como quienes han cometido algún delito.

Una cosa es lo judicial. Y otra, la justicia. Lo judicial se resume en los citatorios, interrogatorios, intimidatorios, leguleyadas que se discuten en audiencias, salas de juzgados, de unidades de flagrancia y demás instancias del complejo aparato de la burocracia de uno de los tres poderes del Estado. Espacios, por lo general, oscuros, fríos, sin gracia, donde esta vez, nuestra artista, vestida de justicia, sacó algunas sonrisas a los presentes.
Su presencia ilustraba la paradoja de estos tiempos. Mientras, Roberto Aguilar, acompañado de sus abogados, en un pequeño cuarto, a puerta cerrada, respondía a tres de las preguntas del interrogatorio (otras fueron descalificadas por la jueza y por la defensa), confesó que… ¡es autor de un blog y de un artículo! Casi, casi, como confesar un crimen, si crimen es pensar, reflexionar, decir, escribir, incomodar, criticar, contrariar, denunciar, cuestionar, tener un agudo sentido del humor y una pluma magistral.

En lo judicial están retratados los mecanismos de poder, con todos sus matices: el silencio, las medias verdades, las trampas de la ley, las intenciones intimidatorias, la fuerza. El Poder Judicial, el que administra justicia, el que tiene la vara con la que mide la ley.

La justicia es otra cosa. Es de justicia reconocer, por ejemplo, la pluma del escritor. Es de justicia la solidaridad de sus lectores y de sus amigos. Es de justicia el aplauso sincero, el apoyo al más débil, las risas, el humor, el compañerismo, el afecto, el respeto. De esas cosas poco sabe el aparato judicial.

El aparato judicial podrá incluso condenar al periodista. Llevarlo al calabozo o a tener como sentencia una de esas multas escandalosas acusándolo quién sabe con qué argumento legal. Pero no podrá apresar las ideas.

Y será la justicia, la que reconozca al hoy confeso autor de un blog, como una de esas plumas valientes que han resultado incómodas para el poder, como otras grandes plumas que han hecho parte de la historia del Ecuador y que han resultado igualmente incómodas para el poder (recuérdese a Eugenio Espejo, a Juan Montalvo, a Raúl Andrade, a Alejandro Carrión…).

Podrá el aparato judicial bautizar con nombre de delito a las preguntas del periodista, a sus ideas. Pero una cosa es lo judicial. Y otra, la señora de la balanza de la que irá de la mano, algún día, el confeso.

maguirre@elcomercio.org