Jorje H. Zalles

Qué alegría, qué tristeza

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El 5 de julio de 2016, la Corte Nacional de Justicia confirmó la sentencia de la Corte Provincial que había declarado culpable del delito de odio racial a un oficial del Ejército que, según datos publicados, hostigó, sometió a tratos crueles e insultó reiteradamente al joven afroecuatoriano Michael Arce, cadete de la Escuela Superior Militar, quien salió de la misma, fue becado por la Universidad San Francisco de Quito, decidió iniciar acción legal contra ese mal oficial, y recibió el apoyo del Consultorio Jurídico Gratuito de la Universidad, que patrocinó y ganó su caso.

Me alegra mucho la decisión de Michael Arce y de su familia de levantar la cabeza y luchar contra las actitudes y los comportamientos que corroen a nuestra sociedad. Me alegra la sentencia de la Corte Nacional, pues ha cumplido con defender los derechos de esos ciudadanos y con castigar la violación de la ley, sea quien sea quien la violó. Me alegra que nuestra sociedad cuente con la decencia y la valentía del Director del Consultorio Jurídico de la Universidad San Francisco de Quito, Doctor Juan Pablo Albán, y de los estudiantes de jurisprudencia que colaboraron en el caso: Luis Narváez, Adriana Lasso, Carlos Sevilla, Belén Aguinaga, Gabriela Oviedo, Daniel Caballero, Carlos Paredes y Víctor Daniel Cabezas. Merecen, y les brindo, mi mayor respeto y más profundo agradecimiento.

Pero también me apena, y profundamente, que haya siquiera tenido que darse la cadena de decisiones judiciales que culminó en la de la Corte Nacional. No deberían existir las actitudes y los comportamientos que son objeto de la sentencia. Y castigar a un oficial militar por un delito de odio no va a cambiar los prejuicios raciales que él sentía, y que sienten tantas personas más entre nosotros. Durante más de 60 años –toda mi vida consciente- se vienen librando procesos legales y judiciales en diversas partes del mundo –India, Sudáfrica, Estados Unidos- bajo la conducción de figuras de la inmensa talla de Gandhi, King, Mandela, pero sigue habiendo profundo desprecio por el “Otro” que es diferente, sentidos de superioridad, tensiones, odios, violencia, asesinato de hombres negros por policías blancos en Louisiana y en Minnesota y de policías blancos por un enfurecido y vengativo ciudadano negro en Dallas.

¿Pueden cambiar esa perversa dinámica las leyes y su rigurosa aplicación? Creo que no. Como alguna vez dijo Lyndon Johnson, “las leyes solo apuntan en la dirección correcta.” No son suficientes. Para generar verdadero cambio, se requiere una reflexión mucho más honesta que la que es usual entre nosotros, y un accionar mucho más coherente. ¡Cuánta gente devotísima conozco que es profundamente racista!

Juan Pablo Albán y sus alumnos nos han vuelto a señalar el camino correcto, pero a muchos aún nos falta caminarlo.