Milton Luna

Izquierda neoliberal

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En los años setenta, y seguramente desde antes, si te desviabas un milímetro de la doctrina o si asumías una postura medianamente crítica a la línea del “partido”, eras tachado de “pequeño burgués”, apelativo que te bajaba puntos frente a los ­jefes y te hundía en el escarnio del colectivo fanatizado que te empezaba a marginar. En simultáneo, el militante de otra organización izquierdista, por el solo hecho de ser rival, era tachado de “revisionista”, “derechista”, pesquisa o agente de la CIA.

La descalificación al otro era parte consustancial del proceso de construcción de una identidad que se creía poseedora de la verdad revelada por Marx o Lenin, cuyos libros adornaban los sobacos de los militantes que nunca los leían; o si los leían, era para aprender de memoria alguna frase descontextualizada, que se la recitada, en las reuniones políticas, familiares o de amigos,
con la finalidad de transmitir en el auditorio, la idea de sapiencia y superioridad: “Según Marx… “Según Lenin…”, se decía cada cinco minutos.

Así, se reproducía el trauma de una buena parte del izquierdismo ecuatoriano y latinoamericano: arrogancia, dogmatismo y sectarismo. Nadie podía ser más izquierdista que yo. Pero tal condición debía ser validada por algo o por alguien. Ese algo era la lucha, el sacri­ficio, medida en audacia y el radicalismo contra el poder.

Algunos izquierdistas de esos años, han llegado al Gobierno. Son altos funcionarios. Son poder. Sin embargo, hoy no son adolescentes o jóvenes, sino cincuentones o sesentones, pero con los mismos vicios de aquel izquierdismo romántico y excluyente de antaño. En su psiquis política no han pasado las décadas.

En el evento izquierdista latinoamericano realizado en Quito, en días pasados, para exaltar a la desvencijada revolución ciudadana, el señor García Linera, vicepresidente boliviano, en vez de hablar con sabiduría de laureado intelectual, se desató, como el guambra de los setenta, en improperios contra la izquierda crítica de los gobiernos “progresistas”: “Permítanme aquí criticar a esta izquierda de cafetín, izquierda deslactosada. Es una izquierda perfumada… Son pues los radicales de palabra, y timoratos de espíritu. Son los arrepentidos cómplices del pasado neoliberal, devenidos de manera sorpresiva hoy en ultrarradicales, profetas del inminente fracaso de los procesos revolucionarios...”.

Obviamente, García Linera habla desde el poder y sus encantos. No reconoce la profunda decepción, no solo de las izquierdas, sino de las masas, que ven gobiernos “progresistas”, desaforados, impulsando el extractivismo, privatizando, ahogando la democracia, persiguiendo a los disidentes y con el rabo entre las piernas, guiñando el ojo al FMI, que ayer denostaban. Chiste y drama, de esta ¿izquierda neoliberal o neoliberalismo de izquierda?

mluna@elcomercio.org