Juan Valdano

Orwell y el Gran Hermano

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'1984', la novela de Georges Orwell escrita en la década de los 40, es uno de aquellos libros impactantes cuya lectura provoca una impresión semejante a la que suscita un aguafuerte de Goya o la Guernica de Picasso.

Una novela en la que se describe una sociedad deshumanizada, dominada por un régimen totalitario y en la que hombres y mujeres deambulan en una ciudad gris; zombis que trabajan y obedecen sin chistar; seres humanos cuya libertad ha sido anulada y su intimidad sometida a estricta vigilancia.

Los cañones de la II Guerra se habían silenciado cuando Orwell escribe su novela en la que proféticamente imagina lo que, en pocos años, sería la Europa de posguerra.

'1984', al igual que 'Un mundo feliz' de Aldous Huxley, es una clásica distopía, lo contrario de una utopía; obra en la que se muestra una sociedad opresiva y asfixiante y en la que toda posibilidad de libertad y felicidad se ha esfumado.

Winston Smith, el protagonista de la novela, es un funcionario del Ministerio de la Verdad (algo como una eficiente Secretaría de Comunicación), organismo que irónicamente se encarga de falsear la realidad y manipular la opinión pública.

Smith es un insignificante miembro del partido gobernante dirigido por su mentor el poderoso y omnipresente Gran Hermano.

Tarea del Ministerio de la Abundancia es administrar los cada vez más escasos recursos alimentarios y las materias primas; la del Ministerio de la Paz preparar la guerra y la del Ministerio del Amor ejercer coerción física y mental sobre la población.

El régimen promueve la diaria ración de “dos minutos de odio”. Hay que odiar al adversario del partido y del Gran Hermano. Hay que inventar un enemigo a quien odiar: aquel que piensa distintito, el intelectual sospechoso, el burócrata que no aplaude al líder.

Todo buen ciudadano está obligado a practicar el “doblepensar”, lo que significa hacer malabarismos mentales para cambiar de opinión cada vez que el Gran Hermano sostiene lo contrario de lo que ayer sostenía.

Si ayer, dos y dos eran cuatro, hoy dos y dos son cinco por decreto gubernamental. El gobierno del Gran Hermano difunde su ideología a través de atosigantes mensajes que se ven y escuchan a cada instante a través de pantallas emplazas en todo lugar, aun en la intimidad de las alcobas. Tal ideología se resume en tres eslóganes: “La guerra es la paz, la libertad es esclavitud; la ignorancia es fuerza”.

Georges Orwell confesó que imaginó su novela luego de observar a los nazis “quema-libros”. ¿No guardan nuestras retinas imágenes semejantes al ver a alguien desgarrar periódicos frente a las cámaras de TV? ¿Esta pesadilla orwelliana no nos deja, acaso, una incómoda sensación de algo “déjà vu”? ¿Orwell profeta?

Alfonso Reyes decía que los escritores tenemos la obligación de ser algo videntes y algo profetas. Yo creo en esta misión délfica del escritor. Y usted, lector ¿qué opina?

jvaldano@elcomercio.org