Pablo Cuvi

La estatua enemiga

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Mientras Rafael Correa volaba, a costilla nuestra, a visitar la tumba de Fidel, los rebeldes venezolanos derribaban una estatua del coronel ególatra que les había hundido en el hambre y la desesperación.

Tal como las dictaduras fascistas del Cono Sur, la mafia de Miraflores explica el alzamiento popular como una conspiración internacional de terroristas que buscan destruir la patria y se merecen todo el peso de la represión. (Acá circuló un video donde un alto correísta justificaba la prisión terrible de Leopoldo López por ‘guarimbero’).

Ellos, en cambio, son seres superiores: cuando Fidel cumplió 90 años, muchos intelectuales, artistas y dirigentes latinoamericanos, incluido Fander Falconí, firmaron una carta donde le rendían pleitesía y declaraban que los valores compartidos son “infinitamente superiores” a los de sus enemigos y que de Fidel habían aprendido que “su defensa exige la más absoluta intransigencia”. Y recordaban el triunfo de Hugo Chávez en 1998. Con razón, digamos, pues el modelo cubano estaba moribundo cuando el coronel Chávez empezó a repartir petróleo a manos llenas y La Habana se convirtió de nuevo en la meca de los líderes de la Alba que iban en busca de asesoría, sobre todo en inteligencia y control interno.

Yo visité Cuba por única vez cuando los rusos recién se habían marchado, la economía estaba en ruinas y para obtener los maldecidos dólares se promocionaba el turismo. Iba a escribir una crónica de viaje y, para redondear mi enfoque, pedí una reunión en la Unión de Escritores. No bien llegar un dibujante me invitó a visitar luego su taller. En esas penurias, la sola idea de que podría comprarle algo le puso contento. Cuando nos juntamos en una mesa del patio, uno de ellos contó algo burlón sobre los rusos y el monumento a Lenin en La Habana. Todos se rieron alegremente de sus exprotectores, algo que hubiera sido una grave ofensa pocos años antes.

“¿Y Fidel?”, pregunté. Las risas se congelaron y las cabezas giraron hacia el de mayor rango, que se sintió obligado a hablar. “¿Tú estás diciendo que Fidel no es un personaje histórico?”. Al contrario, repliqué, digo que es tan histórico como Lenin y le puede… No quisieron oír más. El dibujante recordó que tenía una cita médica; otro, que debía entregar un poemario a no se quién, y así por el estilo. En un minuto ahuecaron la mesa pues nadie quería ser visto charlando con un extranjero que había insinuado que el Innombrable podía correr el destino de cualquier mortal. Era patético: tanto discurso sobre la dignidad y el arte revolucionario para que los escritores y artistas, que en cualquier país son las personas más críticas del poder, actuaran como niños asustados.

Ojalá comprendan todos que el pueblo venezolano ha empezado a derribar los símbolos de la tiranía y que un día los cubanos también podrán burlarse de Fidel y nosotros echaremos a la basura la estatua del ladrón Kirchner.

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