Grace Jaramillo

¿Estado?

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gjaramillo@elcomercio.org

En uno de sus estudios clásicos, Charles Tilly describió cómo el Estado, así como lo conocemos en su forma moderna, tuvo su origen en las bandas de mercenarios y “caballeros” bien armados que demandaban un pago (ya sea en tierras, bienes u oro) a cambio de resguardar la seguridad de los pobladores. En síntesis –dice Tilly- las pequeñas bandas que crearon el estado moderno no eran otra cosa que extorsionistas profesionales que ofrecieron una y solo una cosa: seguridad. El Estado moderno se forjó como una comunidad porque la única forma de estar seguros era mantener una estrecha proximidad con esa élite armada y pagar en forma continua. El origen de cómo se creó el Estado está muy arraigado en la mente de todas las personas. Por eso es que desde la edad media hasta la actualidad cuando uno piensa en el Estado, lo primero que se le viene a la mente es las fuerzas del orden, el sentido de seguridad que ellas emanan. Entonces, cuando escuche por ahí que el Estado ha retornado o que volvemos a tener estado, primero pregúntese si tiene más seguridad, si está tranquilo enviando a sus hijos solos al parque, si es que sus hijos adolescentes o jóvenes pueden caminar tranquilos por la ciudad sin ser asaltados y si usted mismo puede libre y tranquilamente ir al banco a depositar dinero o retirarlo sin temer ser asaltado o, peor, amenazado de muerte. Pregúntese también si realmente hay Estado, cuando tiene que vivir detrás de muros altos, en una casa llena de barrotes o –como en la Edad Media- tiene que pagar guardianías en urbanizaciones cerradas. Porque estará pagando doble botín.

La reflexión no es gratuita tras la grotesca matanza en Iguala, México. La peor sin duda de la era reciente. Pero no es necesario ir demasiado lejos para reflexionar sobre el tema. América Latina se ha vuelto un escenario de creciente criminalidad y violencia, donde el Estado parece impotente, excepto cuando se trata de temas políticos. A pesar de que las estadísticas mejoren, cada día uno escucha a amigos y familiares asaltados, acuchillados, chicos adolescentes robados, por ir al parque o a caminar. Esa es la realidad nuestra de cada día.

La salida es mucho más simple de lo que parece. Se necesita construir un Estado protector, no represor. Un Estado que responda por la seguridad cotidiana de sus habitantes y que haga de eso su primera y gran misión. Se necesita también que ciudadanos demanden del Estado garantías y protección y no pase como en México, donde ya las bandas armadas –de todo tipo- han penetrado tanto los servicios policiales y militares que estos no son más que una extensión del crimen organizado con pintas de formalidad.

No hay que olvidad que, el día que se sienta tranquila de que sus hijos caminen solos por las calles de la ciudad a plena luz del día y también en horas de la noche, ese día habremos vuelto a tener Estado. Todo lo demás, parece solo un cuento.