Jorje H. Zalles

Diálogo: apertura o sordera

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Según declaraciones del Señor Canciller, frente al horror que vive Venezuela, el Ecuador apoya el diálogo. Habiendo dedicado una importante porción de mi vida adulta a la búsqueda de diálogos, consensos y la resolución negociada de conflictos, es tentadora la satisfacción. Pero no la siento. Me parece, más bien, que en este como en otros casos, decir que el diálogo es el camino refleja falta de comprensión de lo que en realidad está sucediendo, o falta de valentía para enfrentar a quienes deben ser enfrentados.

Para que el diálogo sea un camino apropiado, deben estar dadas ciertas condiciones, incluidas la voluntad de las partes de respetarse mutuamente, la apertura a legitimar, en alguna medida, las aspiraciones del otro, la apertura a ceder, en algo al menos, para lograr una razonable conciliación de las aspiraciones incompatibles que configuran el conflicto. Esas condiciones se han dado en dos históricos casos cuya evolución estamos viviendo, en estos mismos momentos, en América Latina.

El primero es el del deshielo entre Cuba y los Estados Unidos, proceso en el cual los presidentes Castro y Obama dieron claras muestras de flexibilidad y apertura, con las cuales pudieron establecer una nueva relación entre los dos países que, evitando que el uno o el otro haya llegado a concesiones extremas, es mejor que la de absurda confrontación en la que se encontraban desde hace décadas.

El segundo es el extraordinario proceso de paz en Colombia que culminará el próximo Lunes 26 de septiembre cuando se firme el acuerdo en Cartagena, que celebro intensamente. Nuevamente, apertura, flexibilidad, búsqueda de cómo conciliar. Ejemplo de ello es el complicado, riesgoso, problemático tema de la justicia transicional, a través del cual se busca conciliar dos principios que en este tipo de circunstancia son muy difíciles de conciliar: del un lado el legítimo deseo de la mayoría de colombianos de vivir en paz, y del otro, el también legítimo deseo de las víctimas de la violencia de que sus autores no queden en la impunidad.

Dicho lo anterior, ¿qué respeto por el otro, apertura a conciliar, voluntad de encontrar una resolución razonable y satisfactoria de parte y parte, vemos en el gobierno de Venezuela, que amenaza con desconocer y cortarle el presupuesto a la Asamblea, que a través de un poder electoral no independiente mañosamente posterga una y otra vez el referendo revocatorio, que es incapaz de mejor explicación del desastre económico que culpar “al imperio”? ¿Es serio plantear, ante tanta evidencia que ha dado ese gobierno de soberbia sordera, que con él “el único camino es el diálogo”? Plantearlo equivale a decir que lo que debieron haber hecho los residentes del gueto de Varsovia en 1940 para ver si lograban mejorar sus condiciones era dialogar con Adolf Hitler.

jzalles@elcomercio.org