Manuel Terán

Despertar

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Eso es lo que ha sucedido con el pueblo venezolano. Cayó encandilado ante un populismo rampante que se disfrazó de progresismo, que utilizó los cánones de los viejos totalitarismos hasta hacerse del control total del poder para, una vez que se encontró cómodamente instalado, desplegar su vocación real: ejercer la hegemonía absoluta sin ningún contrapeso que pudiera poner en riesgo su férreo control estatal.

Todo aquello fue posible con una inmensa chequera, inflada con una riqueza súbita proveniente de los altos precios del crudo que inunda el subsuelo del país llanero. Alcanzó para cualquier capricho del coronel que, insuflado de una megalomanía sin límites, pensó que podía llevar sus delirios a cualquier rincón del orbe. Le sirvió para exportar su llamada revolución y sentirse un protector de otra dinastía caduca, que transformó en cerca de medio siglo a toda una isla en un experimento del que la mayoría desea escapar.

Fue tan grande la incompetencia de estos supuestos adalides revolucionarios que convirtieron a la economía venezolana, una de las más ricas del subcontinente, en un escenario asolado por la escasez y la inflación, en el que el dinero circulante ha perdido su capacidad adquisitiva y el día a día de la población se ha vuelto una peripecia para encontrar productos básicos de alimentación y aseo. Todo un récord de descomposición, que da cuenta como se puede liquidar un Estado con muy pocas decisiones tomadas a contrapelo de lo que la más elemental lógica sugiere.

Esa ha sido la secuencia de una supuesta transformación reclamada por algunos panegiristas como histórica. Si se alejaran de sus consignas, los grupos que quisieron ver a la ruta adoptada por los gobernantes venezolanos como un sendero que reafirmaba las posiciones nacionalistas, en realidad deberían tratar de tomar distancia con semejante experimento, porque a juzgar por los resultados, se convierten en el modelo más directo al fracaso del que se ha tenido cuenta en los últimos años.

Todo aquello ha sucedido con las consecuencias negativas para la población, especialmente para los más pobres. Los grupos acomodados siempre pudieron afrontar de mejor manera la crisis, pero para la gente de menos recursos simplemente la vida cotidiana se volvió una pesada carga. Colas, maltratos e inseguridad ha llevado a que los ciudadanos se desencanten y propinen una paliza electoral, que compite con las glorias pasadas de las que se ufanaba el chavismo. Eran los momentos en que el dinero fluía. Acabada la riqueza se los ve en su real dimensión y su incapacidad aflora al ver el estado de desastre en que han convertido a un país extraordinariamente rico.

Sin duda, una lección de la que todos debemos sacar conclusiones. No existen propaganda ni dádivas que puedan garantizar la fidelidad de un pueblo maltratado. La popularidad, los carismas, los halos de sabiduría y los supuestos dotes de infalibilidad desaparecen el momento en que el dinero escasea. Una vez que advierten el engaño son implacables con los que los sojuzgaron y allí, recién, una nueva historia se escribe.

mteran@elcomercio.org