Opinión
Julio Echeverría

El desarme de Obama

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20 de January de 2013 00:00

La democracia de Estados Unidos es un caso de estudio muy particular. Pionera en instituciones para garantizar los derechos de ciudadanía, conserva, sin embargo, rasgos como la pena de muerte y la libertad para usar armas que no parecen propios de una sociedad moderna. Ambas, a nombre de la libertad, vulneran el derecho fundamental de los seres humanos, el derecho a la vida.

El gobierno de Obama acaba de iniciar una batalla que se avizora cruenta para limitar el derecho de los ciudadanos estadounidenses para usar armas. Lo que seguramente tenía alguna lógica en el siglo XVIII en un territorio vasto y agreste, se convirtió en un elemento fundamental de reivindicación de las libertades individuales, y en un referente cultural central para sectores relevantes de la sociedad norteamericana.

A pesar de que la mayoría de la población está a favor de la propuesta de Obama, la capacidad movilizadora y la influencia política y económica de los partidarios del libre uso de armas es enorme. El poder de los lobbies de la industria de armamentos y los mecanismos para influenciar la toma de decisiones en la política estadounidense, van a mostrarse en toda su magnitud en el debate de ambas cámaras frente a la iniciativa legislativa del Presidente.

El acceso ilimitado a portar armas por parte de los ciudadanos, contradice las bases sustantivas de la racionalidad política moderna tal como hoy se lo reconoce en toda democracia madura, al identificar como fundamento central del Estado moderno, el monopolio del uso de la fuerza legítima. Los ciudadanos renuncian al uso de la fuerza directa a cambio de su seguridad; el Estado la garantiza mediante la profesionalización de la Policía, las Fuerzas Armadas y el sistema de administración de justicia, instancias que están para velar justamente por la realización de sus derechos.

Es este principio básico el que no está adecuadamente regulado en la institucionalidad democrática de los Estados Unidos y que da espacio a aquellos que defienden el porte de armas, los cuales reivindican su derecho a defenderse de amenazas reales o ficticias.

Hombres y mujeres comunes terminan acumulando impresionantes arsenales, que incluyen artefactos de uso militar de alto poder, y que son usados para segar vidas, y cada vez más frecuentemente para provocar matanzas colectivas. A este indiscriminado acceso a la compra de armas se asocia también el incremento de la criminalidad vinculada a los carteles del narcotráfico en México y en el sur de los Estados Unidos.

La apuesta de Obama pone a prueba la calidad de su liderazgo, y la vigencia de este principio cardinal de racionalidad política: cómo preservar los valores fundamentales de la libertad, y al mismo tiempo garantizar el derecho a la seguridad de sus ciudadanos.