Julio Echeverría

Democracia y revolución

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27 de November de 2011 00:02

Para la ciencia política sigue siendo un tema de investigación y reflexión la caracterización de regímenes que se autodenominan de izquierda y que aparecen como experimentos de innovación política en la región (Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua); se autodefinen revolucionarios y se denominan socialismos del siglo XXI para diferenciarse de las experiencias fracasadas del socialismo del siglo XX. Se trata, en todos estos casos, de experimentos políticos que llevan alrededor de una década en el poder, lo cual pone en evidencia que han logrado de alguna forma la adhesión de una significativa porción del electorado.

Apelan a rupturas o transgresiones de las instituciones del Estado de derecho de inspiración liberal. Su relación directa con las masas, las cuales acuden regularmente a las urnas a renovar su adhesión al líder del que emanan beneficios y concesiones, les acerca a la tipología de las democracias neopopulistas, electorales o plebiscitarias.

Son regímenes que heredaron del viejo socialismo la orientación a la planificación centralizada e inapelable, lo que los permite acometer obras de gran calado como las que supone la infraestructura de transporte y energía. Se sustentan en el debilitamiento de los parlamentos o su subordinación y neutralización. Tienden a fortalecer a los ejecutivos y al presidencialismo. Desconfían de cualquier lógica de distribución del poder.

Pero el elemento que más los caracteriza es su fuerte apego a la cultura política tradicional. La democracia plebiscitaria fuertemente controlada y manipulada por la propaganda política, funciona para evitar la deliberación y el libre flujo de ideas, los cuales son el único antídoto contra caciquismos, clientelismos y caudillismos. La revolución moderna se mide justamente en función de la superación de estas lógicas de intermediación, a cambio de estructuras que garanticen la efectiva vigencia de una esfera pública de derechos y decisiones construidas colectivamente.

Es aquí donde liberalismo y socialismo se cruzan y se enfrentan. Las instituciones liberales aparecieron como expresión de una revolución que proyectaba la idea de que esos rasgos podían superarse. La intermediación personalista propia de los líderes caudillistas se neutralizaba o eliminaba mediante el principio de la igualdad política, de la libertad de expresión y de la autonomía del individuo en su proyección de autogobierno. Rompía por tanto con lógicas verticales o paternalistas de adscripción política.

Gobiernos que se califican de revolucionarios están permitiendo que estos rasgos se profundicen y desarrollen; líderes personalistas son acompañados por ‘revolucionarios’, que están no para eliminar esas estructuras, sino para adaptarlas, adecuarlas y perfeccionarlas.