Fabián Corral

Democracia plebiscitaria

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Democracia directa, participativa, representativa, son los términos usuales en libros, conferencias y noticias. Todos parten del concepto de la soberanía popular, y a todos, por igual, les anima la idea de la participación ciudadana. Bajo estas ideas, la consulta popular (plebiscito y referéndum) se ha convertido en una forma de resolver algunos temas del poder.

1.- El dogma de la mitad más uno. La democracia, como forma de gobierno y teoría de justificación del poder, tiene méritos, sin duda, pero adolece de un riesgo: que el viejo concepto de la “voluntad general”, idea de los liberales del siglo XVIII, se convierta en un sistema de dictadura de mayorías y de sorteo de la felicidad pública. Esto es aún más complejo si consideramos que el imperio de la mitad más uno no siempre es el resultado de la convicción de los votantes. Es, además, producto de la falta de información y de la influencia de la propaganda.
El despotismo de las mayorías alcanza su mayor tensión y su máximo riesgo cuando se asigna a congresos y asambleas populares poderes omnímodos y potestades absolutas en todos los ámbitos de la vida de las personas, peor aún si se cree que las mayorías no son solamente un método inevitable y, en ocasiones, imperfecto de tomar decisiones, sino que, además, se les atribuye la virtud de descubrir la verdad política o la razón jurídica. Esto proviene de la pretensión dogmática de que la democracia no sea solamente un método político -que eso es solamente- sino una religión y una ciencia o una piedra filosofal, lo que definitivamente no es.
La “mitad más uno” no es sistema para descubrir la verdad, ni siquiera una forma de establecer la justicia. La mayoría no es la varita mágica para encontrar la felicidad. Es, simplemente, la suma de voluntades individuales concurrentes sobre un asunto coyuntural, susceptible de acierto o de error, de pasiones o de desinformación. La democracia encontró en la mitad más uno la pragmática solución para zanjar discrepancias, adoptar decisiones y elegir mandatarios. Ni la ciencia política ni la imaginación han podido, hasta ahora, encontrar un método sustitutivo mejor, que elimine ese sabor a sorteo del destino nacional que tiene el método de las mayorías.
2.- El supuesto de la sabiduría popular.La democracia directa y, en especial, su versión plebiscitaria parten del dogma de la sabiduría popular. La condición equivocada de esa tesis se revela cuando se plantea que “el depositario de la soberanía” legisle por vía de referéndum, es decir, que decida sobre temas extraordinariamente complejos de la ciencia política o económica. El supuesto es que la gente conoce a fondo lo que mejor conviene al país, y que estaría en condiciones de adoptar una decisión informada, objetiva, limpia y no inducida. Sin embargo, con frecuencia, queda patente la debilidad de tal teoría, porque, si se la examina sin pasión, se concluye que la mayoría de la comunidad sabe poco de lo que se le consulta, o tiene apenas nociones sumarias, cuando no inducidas por la propaganda o vinculadas con la imagen de quien promueve la consulta. A veces, ese voto no constituye decisión precisa y objetiva sobre el tema del referéndum, al contrario, es un homenaje -o una repulsa- a quien pregunta. Es una respuesta a la propaganda, o al carisma.
3.- “Video democracia” y referéndum.En los tiempos de la “democracia del balcón” la relación entre el líder y la masa de votantes era distante, formal y, sobre todo, eventual. La percepción del poder era distinta para los de abajo y para los de arriba. La televisión, agente político determinante en la democracia moderna, generó un nuevo sistema de relación: ahora el carisma se construye en la pantalla, y la presencia de los gobernantes y de los opositores es asunto cotidiano: todos se “meten en la casa”, son virtuales y forzosos invitados y están en todas partes. Su capacidad de comunicación se ha centuplicado. Los personajes ya no son lejanos, están allí, a la mano y cada día. En ese contexto, su imagen invade escenarios y suplanta a todo lo demás. Se trata de una “democracia” de imágenes en que el razonamiento ya no hace parte del análisis de los conceptos políticos que se manejan o proponen. El contenido del referéndum -usualmente conformado por arduos asuntos legales- en la práctica, se ignora y el voto se convierte en respuesta emotiva a las imágenes y a la propaganda, y en la que opera, como gran consejero, el sondeo, que permite modular la conducta y manejar las percepciones del potencial votante.
La imagen de los personajes, sus gestos y estilos, en función de los mensajes que envían los sondeos, hacen imposible que los debates se centren en la sustancia del referéndum, y transforman a cualquier consulta en una decisión sobre lo que nunca se preguntó, o sobre lo que se preguntó pero con el condimento de la propaganda, cuya frecuencia y agresividad reemplazan al juicio individual de los ciudadanos.
La incuestionable vigencia de la “video política”, en términos de Sartori, explica, la necesidad imperiosa de contar con medios de comunicación, y de ejercer control sobre ellos. Ahora la sociedad se modula desde la pantalla, y el poder tiene en ella a un aliado casi imbatible.
4.- El enemigo reciente. A la “video democracia” le ha surgido un enemigo reciente, difuso, recursivo y poderoso: las redes sociales, que más allá de su papel en la comunicación, están gestando en todo el mundo un sistema de opinión y un método de reflexión que, sin duda, determinará el futuro inmediato. Están influyendo en la democracia plebiscitaria, y lo seguirán haciendo de modo determinante.