Pablo Cuvi

Los dioses mediocres

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Escribo esta columna en mi cabeza mientras me hacen una resonancia magnética para indagar una molestia de la columna. Pienso en la arrogancia de ciertos gobernantes y el problema que enfrentan cuando llega la crisis: como han desafiado y ofendido y atropellado a mansalva, la gente reacciona contra ellos con más bronca e indignación que si hubieran sido humildes pues siente la satisfacción de ver que los supuestos dioses del Olimpo tienen pies de barro y van a caer de bruces tarde o temprano. Revancha que llaman los deportistas, pero también justicia.

Mientras la máquina emite sonidos extraños para registrar los ecos de mis vértebras, recuerdo a los futbolistas argentinos con su bien ganada fama de sobrados y ególatras. Por individualistas nunca lograron armar equipos sólidos y bien ensamblados; aunque, seamos justos, siempre tuvieron a algunos de los mejores jugadores del mundo, desde Di Stéfano hasta Messi. O sea, tienen de qué creerse.

Pero el otro día unos contertulios se preguntaban de qué estrellas se vanagloria la revolución ciudadana. ¿Quiénes son esos seres moral e intelectualmente superiores que durante diez años han menospreciado y humillado al resto del país, un país que según ellos no valía un pepino hasta su providencial arribo al poder? No hablemos de Pedro Delgado, decían, que inauguró con su libro una Feria del Libro acolitado por la ministra de Cultura Silva, y que ha hecho méritos suficientes para ser condecorado por el Congreso de Estados Unidos. Preguntemos más bien quién ha sido el formidable asambleísta de esta revolución, el émulo de aquel José Mejía que fuera apodado ‘el Mirabeau americano’ en las Cortes de Cádiz? ¿Quién: Marcela, Gabriela, el Corcho Cordero?

Yo estuve de acuerdo en que toda revolución auténtica significa un estallido cultural de las artes y las ciencias sociales y los mejores cerebros. Entonces, ¿dónde está el Roberto Andrade o el José Peralta verde-flex? ¿Será acaso aquel ensayista que descubrió que los ricos se casan entre ellos? ¿Y dónde están los Mayakovsky de un Gobierno que se preció de lucir poetas y poetisas en ministerios y embajadas? ¿Dónde encontrar esos versos incendiarios que anuncian un nuevo amanecer inmune a los precios del petróleo? De agache han pasado, sin contaminar sus textos con el lodo de la política, disfrutando de las mieles del poder.

Se puede argüir que no es la época del verbo sino de la pantalla. Si es así, ¿dónde está el Einsenstein criollo; cuál es ‘El acorazado Potemkin’ de este proceso irreversible? ¿La millonaria serie con policías que financió el Ministerio del Interior? ¿O la otra, de USD 700 000, que hizo una descendiente del rey del marketing político?

Stop. Termina la resonancia cuando me dispongo a abordar la economía. Qué pena porque todo lo anterior son minucias al lado del desastre cuyo principal responsable es identificado por todos. Me refiero al imperialismo yanky, claro está.