María Cárdenas R.

¡Estoy cuerda!

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¡Sí! ¡Estoy cuerda! Por un momento pensé que estaba al borde de la locura total. Esto se debía a que teniendo mis sentidos, todos, en completo orden, veo, escucho, siento, me muevo, y hasta experimento ese extraño sabor…

Una mezcla de sensaciones que me tenían confundida, haciéndome pensar que lo había perdido todo y que mi siguiente paso era, de seguro, un hospicio con fármacos genéricos de dudosos resultados y hasta camisa de fuerza. Pero así como me he librado de este futuro, creo que todos podemos y debemos desamarrar las cadenas, sin miedo y volver a usar todos nuestros sentidos.

Mi remedio fue simple, olvidé la existencia de los medios y otras programaciones aburridas, repetitivas, falsas o semiciertas y pasé mi atención, dejando lo nacional por detrás, a lo que pasa en el mundo, ese mismo, el que ahora por las comunicaciones, es tan cercano sin importar cuantos kilómetros nos separen.

Entonces descubrí que uno puede y debe expresarse libremente sin importar si es el obligatorio medio informativo que debe ser claro y transparente, sin callar nada ni la boca de nadie. O si es en los medios sociales que nunca deben ser acallados. No importa si las noticias son sobre el Cotopaxi, que podría afectar cientos de miles de vidas, el increíble encebollado mundial o si es alguien que quiere protestar enlazado o no a la ciudadanía, todos tenemos el derecho natural de hablar, decir o gritar en contra o a favor de cualquier tema. Está comprobado que mientras más prohíben, más ganas dan.

Estoy cuerda, porque veo que en los países civilizados, democráticos, los procesos de información permiten los comentarios, las críticas, desacuerdos, burlas y mucho más. Ese es el país que quiero, donde podamos ser quienes somos y tener preferencias; hablarlas, escribirlas, publicarlas sin el miedo a ser vejados, callados, perseguidos. Protestar a favor de nuestras ideas o en contra de las de otros porque no todos somos ni pensamos igual. La base del respeto, ese metro cuadrado, que todos nos merecemos como nuestro y es intocable. Esa es la fantasía actual, un país libre donde la palabra sea derecho propio.

Mantengámonos cuerdos; respetando al de al lado, a quien es o piensa diferente, tiene una visión propia nacida de su propia realidad, escuchando para mejorar, para rectificar y construir con base en la diversidad. Ninguno de nosotros, no importa su título temporal, tiene el derecho de callar a otro, de dejarlo sin el espacio para desarrollarse, subsistir con su trabajo. Menos de despreciarlo en público o privado, rebajarlo o hacerlo sentir insignificante, peor, poco digno.

La cordura es la libertad de poder disentir, sin miedo, ¡no estoy de acuerdo!, sin que me dejen sin trabajo o me persigan, o me espíen y quiten mi dignidad. Infórmenme sin medida, porque equivale a seguridad. Reconozcan mi derecho a equivocarme en palabras o acciones, porque sabemos que nadie es perfecto. Lo importante es rectificar, aunque sea tarde y, quizá no se lo perdonen, a nadie, si el orgullo vale más que la cordura de la transparencia y la humildad. ¡Qué alivio, estoy cuerda!

mcardenas@elcomercio.org