Diego Pérez

Cristina a la baja

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12 de May de 2013 01:07

La situación en Argentina reafirma el viejo y conocido principio de que el acaparamiento del poder deriva siempre en descomposición y en peligro de derrumbe. Aunque el apenas muerto Giulio Andreotti (a pesar de sus polémicas actuaciones y relaciones, uno de los políticos más influyentes de los últimos 50 años) haya afirmado, con su socarronería y agudeza particulares, que el poder desgasta a quien no lo tiene, la verdad es que el exceso de poder -y su profusión- necesariamente corroen y acaban con el oxígeno. Todo exceso de poder carcome, enmohece y estropea. Todo exceso de poder termina en situaciones ridículas, muy probablemente en humillaciones, en escenarios burlescos. No se me ocurre -quizá a ustedes sí- nadie que haya ocupado todo el poder, que haya efectivamente cedido a las tentaciones de eternizarse, y que haya pasado de forma limpia y decorosa a la historia. Las historias de conservación del poder total, por contra, suelen ser rocambolescas.

Así, la no alternabilidad en el poder (por la fórmula que ustedes quieran: de padres a hijos, de esposos a esposas, de amiguetes a amiguetes, de jefes a lugartenientes por digresiones constitucionales) casi por regla general resulta en abuso, en arbitrariedad y en falta de vergüenza. Casi siempre (de hecho, no me viene a la mente ninguna excepción) los países en los que no se alterna en el poder suelen convertirse en Repúblicas de humo, en remedos de Estados democráticos.

Debe haber razones -y esta es una pregunta para Freuds y Jungs- por las que los políticos que se enganchan al poder (como si de verdad fuera una droga, alguna sustancia adictiva) de verdad creen y sostienen que son titanes, nacidos y criados en algún olimpo, resistentes al tiempo y al espacio, tocados y avalados por alguna divinidad, inmunes a las realidades. ¿Qué de bueno puede resultar de los poderes omnímodos? ¿Qué ventaja puede obtenerse del acaparamiento de poderes? Ninguna, si me preguntan a mí. ¿Cuántas aparecen, reaparecen y resucitan los políticos que argumentan que rendirán cuentas solo ante Dios y ante la historia? ¿Cómo harán para reproducirse tan rápido los benefactores y los bienhechores? Parece un mal crónico, parece que en cada generación los salvadores de la patria se multiplican y sus métodos se sofistican.

Con el acaparamiento del poder vienen -al menos eso supongo- la pérdida de perspectiva y la embriaguez constante: los miles rápidamente se convierten en millones, los millones con suerte en billones, las leyes se vuelven flexibles, personales e interpretables a favor de los poderosos, los límites se desvanecen, los riesgos se difuminan, los intelectuales hacen conjeturas y los jueces miran para otros lados. Con el acopio del poder vienen -se ve- la soberbia y la ira, la teoría de la infalibilidad, la errada idea de la clarividencia, los ímpetus de superioridad.