Manuel Terán

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23 de julio de 2014 00:05

Manuel Terán
mteran@elcomercio.org

Desde hace muchos años, luego de los fallidos intentos de los regímenes totalitarios que terminaron en la implosión de esos Estados, se han visto pretensiones de implantar modelos que de alguna manera intentan ser una rara especie de híbridos.

Quizás el caso más evidente es el de la República China que en lo económico ha dado gran importancia al aporte privado y, en una especie de nuevo capitalismo de Estado, ha establecido alianzas que han impulsado de manera importante su economía sin que, en lo político, se hayan producido cambios que permitan considerar a esa nueva potencia como una sociedad abierta, con participación plena de la sociedad en la toma de decisiones, sin la posibilidad de crear organizaciones políticas distintas al partido en el poder, con el control total y la hegemonía absoluta sobre todo lo que sucede en ese país.

Si se juzga por lo económico, la transformación ha sido evidente, pero el gigante asiático está lejos de convertirse en una sociedad moderna, pues enormes segmentos de su población aún se hallan en situaciones más cercanas a las de los países en desarrollo y, por sobre todo, no existen los elementos propios de los Estados que conjuntamente con la mejora de su bienestar han experimentado un notable incremento de sus derechos, entre ellos los políticos, que permitan a los ciudadanos organizarse libremente y tomar decisiones sin injerencias desde lo estatal.

Quizás es uno de los países que más lejos ha llevado su experimento concentrador. Su influencia ha sido tan notable que las potencias occidentales muchas veces se hacen de la vista gorda ante las noticias de violaciones de derechos humanos que se producen en su interior.

A nadie le interesa distanciarse de uno de los principales actores económicos del orbe ni crearse inconvenientes que le alejen de tan apetecido socio comercial. Evidencias suficientes como para considerar que la política internacional se subordina a los intereses económicos.

Pero la experiencia de un actor de este nivel difícilmente puede ser replicada en otras latitudes. Intentar tibias aperturas pero, concomitantemente, enviar señales contradictorias que dificultan que inversionistas de envergadura se interesen en arriesgar sus recursos no es la mejor manera para planear una real transformación productiva. Para ello, se requieren capitales y tecnología y aquellos son reacios a instalarse donde perciben incertidumbres.

A estas alturas, no queda mucho para experimentar. O se transita por la senda que han escogido otros Estados, que les ha permitido mejorar las condiciones de sus pueblos, respetando siempre a los que discrepan de esos modelos, o se insiste en la búsqueda de utopías y quimeras que terminan en estruendosos fracasos.

La apertura demanda sociedades que ejerciten sus derechos a plenitud, que no se coarten libertades de ninguna clase. Lo otro puede durar cierto tiempo, pero las tensiones terminarán por hacer fracasar cualquier pretensión de navegar contracorriente.