Rodrigo Borja

Bolivia y el mar

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Cenaba en Lisboa una noche con ocasión de una reunión internacional a mediados de los años 70. Era una cena muy alegre. En el sector “proletario” de la mesa estábamos los jóvenes -entre ellos Lyonel Jospín, que más tarde fue gobernante de Francia, y varios otros que con el pasar de los años se convirtieron en presidentes de países latinoamericanos y europeos- mientras que al otro extremo de la larga mesa estaban Willy Brandt, Mario Soares, Bruno Kreisky, Olof Palme, Shimon Peres, François Mitterrand y otras celebridades políticas de aquel tiempo. Se dio una charla informal y bulliciosa. Y en ese trance observé que el compañero de mi izquierda no había pronunciado ni una palabra. Tratando de incorporarlo le pregunté:

-Perdone, ¿cuál es su nombre?
-Hernán Siles Suazo -me respondió.

Quedé sorprendido. A mi lado tenía nada menos que al heroico líder de la Revolución Boliviana de 1952 -una de las pocas revoluciones dignas de tal nombre en América Latina- y luego Presidente de Bolivia, quien era la personificación de la humildad y parecía no tener interés alguno por comunicar la riqueza de sus conocimientos y experiencias.

Por cierto que, en el mundo político, no es raro encontrar hombres socialmente tímidos que, sin embargo, son audaces frente a las multitudes.

Siles Suazo y Víctor Paz Estenssoro fueron quienes desde el poder suprimieron las masacres de mineros, la explotación feudal de los campesinos, el fraude electoral sistemático, la represión contra los sindicatos obreros, todo lo cual ocurría bajo la hegemonía política de los “barones del estaño” -Patiño, Aramayo y Hochild, a quienes el pueblo llamaba “la rosca”-, que ponían o quitaban presidentes y mandaban y desmandaban en la Bolivia feudal de aquellos años.

La Revolución Boliviana liderada por Paz Estenssoro y Siles Suazo reconoció el Estado multinacional y pluriétnico de Bolivia, estableció la educación laica y gratuita para todos, implantó el voto universal -con analfabetos y mujeres-, eliminó las relaciones feudales de producción en el campo, entregó tierras a los campesinos, creó la Central Minera Boliviana y produjo muchos otros cambios políticos, sociales y económicos.

Tenía a mi lado a este hombre cargado de historia, que era un admirable testimonio de la modestia que hace falta a muchos políticos.

Hago este recuerdo porque acabo de leer en la prensa internacional que Bolivia insiste ante la Corte Internacional de La Haya en su salida al mar. Y es hora de que se conceda a Bolivia -independientemente de los gobiernos- su salida al mar. Salida que perdió en la “Guerra del Pacífico” de 1879-1883, que enfrentó a Chile contra Bolivia y Perú por la disputa de Antofagasta, que hasta ese momento era un puerto boliviano.