Susana Cordero de Espinosa

A nuestros munícipes

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Las casas, como los hombres, tienen historia, aunque menos voluble y tornadiza. En los ochenta, el director de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, José Rumazo González, logró la restauración de nuestra casa. Hacia 1993, la pequeña plaza histórica y querida sobre la cual se asienta, frontera a la de la bellísima Iglesia de La Merced, era un sórdido mercado ambulante. Con albo entusiasmo, el alcalde Mahuad hizo colocar a nuestra puerta una batería de servicios higiénicos, y Galo René Pérez, director de la AEL entonces, decidió abandonar casa y SSHH, y la alquiló al Municipio. Nuevamente restaurada, en 2013, con la contribución de la Agencia Española de Cooperación Internacional y la colaboración del Instituto Metropolitano de Patrimonio, volvimos a ella y a su plazoleta casi despejada de ventas ambulantes, aunque dotada, desde la alcaldía del señor Barrera, de tres baterías de tres basureros cada una: en lugar de los SS HH, ¡nueve basureros! rotulados para grandes depósitos de basura, nunca totalmente limpios. Perdida la ilusión de banquitas acogedoras para descanso del caminante, ¿era este su óptimo lugar?

Una batería está frente a nuestra puerta. Hace dos semanas, encontré sucias y oscuras de grasa las piedras que forman el pequeño atrio de la entrada. Luis, el portero, me hizo notar que el alero de vidrio que protege la puerta y la pared frontera, de abajo arriba, hasta el techo, en un espacio de dos metros de ancho, se hallaban cubiertos de aceite: ¿qué manguera de presión se escapó de las manos de los humildes basureros? Lo cierto es que parte de la pared de la casa más bella de la calle Cuenca está hoy embarrada. Se nos anuncia que se pintará hasta el inicio del primer piso, pero esperamos de las autoridades de Emaseo ordenen limpiar nuestro alero y el enaceitado de la pared frontera. La sensibilidad estética y ciudadana del alcalde aprobará que se quiten los tres basureros de la batería frontera a nuestra puerta, tan parecida a los SSHH que motivaron la renuncia de la AEL a habitarla. En cuanto a las piedras de la plazoleta, una vez colocadas no quedaron en paz, porque, inexplicablemente, y este parece un destino aciago de las obras ‘acabadas’, un día los obreros rompieron sus bordes iguales para colocar luces que hoy, entre las orillas rotas de las nobles piedras, ya cosidas con horrible cemento, no iluminan nada.

En la esquina que queda junto a la entrada de nuestra biblioteca, una inmunda caseta es un peligro y una provocación. Que se limpie cada día la suciedad y se quiten las inmundas maderas y latas viejas cuyo dueño hace tiempo las abandonó.

Asisto al entusiasmo de la próxima multitudinaria visita: muros que se repintan, ámbitos que se limpian; abriremos nuestras instalaciones para Hábitat III, la Academia no tendrá que avergonzarse de una fachada sucia e impresentable y, ojalá para siempre, la urbe se ennoblezca. Cruzamos los dedos para que luzca como debe ser la casa de la palabra: abierta, sensible, limpia: orgullosa de sí y de su labor para todos.