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¡Qué sabroso ‘quiteñómetro’ el de hace algunos domingos en este diario! Bien por Édgar Freire, el amigo librero y legendario. Ha reunido en numerosos libros las leyendas de Quito y esta etapa de su hermoso trabajo culminó, en El derecho y el revés de la memoria, (2005) publicado por el antiguo Fonsal, con estudio previo de la crítica y catedrática española María del Carmen Fernández, que sabe más de nosotros que todos nosotros, que escribió sobre Pablo Palacio el mejor y más completo estudio realizado hasta hoy en el Ecuador, tesis con la cual obtuvo el doctorado en Filología hispánica por la UNED (la conocida y exigentísima “Universidad de educación a distancia” española). 

Coincido, cómo no, con las opiniones del querido librero de la ciudad: amamos el paisaje, entorno de maravilla; el cielo azul, las nubes de hoy y las de antaño; el Quito viejo, sus barrios olvidados, sus portales. Nos faltan las cajoneras en los portales de Santo Domingo y nos sobran comidas y comilones, y olor a lentejas recocidas en los patios perdidos del antiguo palacio arzobispal. Pero, sobre todo, ¡tres doloridos ayes por las espantosas aceras de Quito!, las de los barrios del sur, del centro, del norte; las de los barrios residenciales: aceras, ¡riesgo inminente para el peatón! Vamos al centro colonial, cuyas aceras, se entiende, fueron refaccionadas. ¿A quién atribuir la feroz equivocación?; ¿de quién fue el negocio?; ¿qué enladrillador las enladrilló tan fea y deleznablemente? ¿¡Cómo pudieron poner, en lugar de losas profundas, irrompibles, fuertes, mínimos ladrillos, entre cuyos intersticios campea la inmundicia de restos y sobras imposibles de limpiar, y cuya superficie invariablemente sucia retiene las manchas, sin que haya agua, jabón, manguera ni instrumento alguno capaz de retirar lo negro, grasoso y repugnante que los cubre? ¿Dónde se fabrican esos malhadados ladrillos, cuyo enladrillador sigue gozando de buena salud económica, pues a cada paso hay que reponer los que hubo que quitar para alzar la tapa de la alcantarilla, para meter el alambre que quedó suelto, para remplazar los que se rompieron o salieron por su propio peso –por su falta de peso, mejor?-; hay aceras en las cuales se puso, para cubrir el gran hueco que dejaron los ladrillos idos, una larga mancha de cemento coloreado que, grotescamente, trata de parecerse al ladrillo. Todo peatón fijo o circunstancial, todo turista tiene que andar mirando la acera para no tropezar y caer, con el cuello envarado de tanto inclinarse hacia delante, sin poder admirar el paisaje ni el cielo, ni gozar de los hermosos muros blancos de las iglesias recuperadas, pues mucho se ha recuperado desde la alcaldía del querido, inolvidable Paco Moncayo.

¡Las aceras de Quito! Y el ruido, señores munícipes… y las carpas y músicas y gritos para celebraciones que ofenden irrepetibles plazas, y la plaza de San Francisco, donde crece sin pudor la mala hierba, entre las dignas piedras…