Monseñor Julio Parrilla

Los viejos somos nosotros

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Cuando recorro las comunidades rurales, mestizas e indígenas, de mi querida Riobamba, veo a los ancianos abandonados a suerte (¡qué lejos quedan los servicios sociales y, aunque sea difícil de entender, qué lejos quedan los hijos!). El frío de los páramos deja entumecida la conciencia y el abrazo, como si nos hubiésemos quedado encogidos y sin movimiento.

Es verdad que gracias a los progresos de la medicina, la vida se ha alargado y el número de ancianos se ha multiplicado, pero siento que nuestra sociedad, tan dada a despreciar lo frágil, no es capaz de hacerles un sitio digno y confortable. Nos olvidamos de que los ancianos son una riqueza que no se puede ignorar.
Recuerdo las palabras claras y proféticas de Benedicto XVI: “La calidad de una sociedad, quisiera decir de una civilización, se juzga también por cómo se trata a los ancianos y por el lugar que se les reserva en la vida en común”.

Francisco no se ha quedado atrás. Hace no mucho decía que “una sociedad que descarta a los ancianos lleva consigo el virus de la muerte”. Es una pena, pero la cultura de la ganancia tiende a presentar a los ancianos como un peso, un auténtico estorbo. Hay mucho de cobardía en ese acostumbrarse a la cultura del descarte. Queremos borrar nuestro miedo a la debilidad, a lo vulnerable. Nos cuesta aceptar que los límites del anciano reflejan nuestros propios límites. Así, o nos alejamos o los alejamos… Se trata de una responsabilidad más que, poco a poco, se vuelve invisible. ¡Con cuánta facilidad se deja dormir la conciencia cuando no hay amor!

Muchos dirán que la cosa no es tan sencilla,… que hoy el pequeño apartamento no permite la acogida, ni el trabajo consiente la visita, ni la economía da para tanto. Sin duda que todas nuestras justificaciones tienen algo de verdad, pero, a la postre, lo que queda en evidencia es nuestro desentendimiento y nuestro hastío, esa codicia que nos vuelve insensibles y nos distancia del dolor ajeno.

También en este tema, como en muchos otros, nos vence la indiferencia. Debemos despertar el sentido colectivo de gratitud, de aprecio, de hospitalidad, que haga que los ancianos se sientan vivos y reconocidos.

Los ancianos son hombres y mujeres con nombre propio e historia (con frecuencia tienen nuestro propio nombre y nuestra propia historia), padres y madres que estuvieron antes que nosotros en el mismo camino, que soñaron nuestros sueños, que libraron la diaria batalla por una vida digna no solo para ellos, sino también para nosotros.

De hecho, los ancianos somos nosotros: dentro de poco, dentro de mucho. Algún día sentiremos la nostalgia del buen trato, de la cercanía, de la palabra amable, de la gratuidad…

Hay que acortar las distancias y volver a acariciar las manos que nos acariciaron, sabiendo que quien abraza a un anciano se abraza a sí mismo.

jparrilla@elcomercio.org