Milagros Aguirre

Nadie más

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El paseo escénico de Guápulo se ha convertido en un altar multicolor, una instalación artística para recordar a Samuel, el niño de la sonrisa de colores, lobo estepario, flautista de Hamelin, el chico pacifista y ambientalista, a quien, como a Francisco de Asís, le seguían los animalitos a los que daba de comer. El de la túnica, el de la humilde casita en Guápulo, en los márgenes de la ciudad y también en los márgenes de esta sociedad intolerante e indiferente. Que ese paseo en Guápulo sea como la voz de la conciencia de la ciudad, que no se borre, que esté ahí y que se sumen más telas de colores formando la palabra justicia, para decirnos, una y otra vez, que no podemos estar cómodos cuando la violencia acaba con la vida de jóvenes, de mujeres, de niños.

Que ese balcón de la ciudad mantenga vivo el recuerdo de él y de tantos otros cuerpos mutilados, sin nombre, hallados en la ciudad. Que esos pedazos de tela anudados en las rejas que dan a la quebrada sean signo de repudio al terror y sean leídos como un urgente llamado a la paz y al respeto. Que ese mural que han hecho vecinos y amigos de Samuel, sea también para recordar que en el puente del Guambra, hace unas pocas semanas, se dejó morir a un jovencito alcohólico al que mató la indiferencia. No. Ese chico no murió por alcohólico: murió porque, salvo dos mujeres que quisieron socorrerlo, todos, incluidos los llamados a ayudar, al verlo, cruzaban la vereda para no ver, para no ayudar, para no darle atención, porque también estaba en el margen, en el filo de la navaja.

Que sea también para recordar a Yadira, la mujer de 28 cuyo cuerpo fue desmembrado. Para recordar a David Romo y a su madre desesperada que reclama justicia y que necesita la verdad sobre el paradero y destino de su hijo. Y para recordar que hay tres mil desaparecidos que tienen nombre y que no están y que sus familias los buscan y los esperan cada día, cada noche. Y para recordar que hay 134 mujeres que han sido asesinadas en el Ecuador por la violencia machista en apenas un año.

Y sobre todo, para recordarles a las autoridades que hay asesinos sueltos que se pasean campantes. Asesinos peligrosos y desalmados capaces de mutilar cuerpos y matar a golpes a sus víctimas. Asesinos que han acabado con los sueños de jóvenes, casi niños, y que han acabado con sus familias. Que ellos no puedan dormir tranquilos porque hay una sociedad que repudia el crimen atroz, una sociedad que no puede ser indiferente, una sociedad que se moviliza porque no quiere más muertos en sus calles y que por eso salió a marchar el pasado sábado 25 de noviembre haciendo visible la violencia contra la mujer y contra aquellos grupos vulnerables. Por la defensa de la vida, por el respeto a la diferencia. Nadie más. Nadie menos. Ni una más. Ni una menos.