Santiago Estrella

La entelequia ciudadana y el principio superior

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El teatro nos da buenos ejemplos de cómo debe ser el comportamiento político. En Quito hubo tres funciones de la obra del dramaturgo noruego del siglo XIX Henrik Ibsen intitulada ‘Un enemigo del pueblo’. Fue adaptada a la actualidad y a la coyuntura política ecuatoriana. Los dedicados al teatro serán los encargados de analizar la pertinencia de esa adecuación, pero lo que deja esta obra es aquello que llaman la valoración de principios por sobre todas las cosas.

El poder -todos los poderes- encontrará las artimañas para primero convencer de que están del lado de ese postulado noble (advertir de la contaminación del agua) pero que siempre habrá un momento en que el ciudadano será aniquilado por el poder que se arroga la representación del ciudadano, porque aquello de que la mayoría votó por ellos y por lo tanto los vuelve infalibles. Así, fácilmente, se pasa de amigo a enemigo del pueblo por un decreto aparentemente aupado por esa mayoría que es una entelequia.

El término pueblo es una entelequia. Más aún lo es el adjetivo ciudadano. ¿Cuál es el ciudadano que constituye una revolución? Y si no está con la revolución, ¿deja de ser ciudadano? ¿Podemos hablar de ciudadano como la fuerza hegemónica de una revolución? ¿Alguien puede decir cuál es el sujeto político constitutivo de esta revolución?

En nombre de esa entelequia se quiere imponer la reelección indefinida. Y lo hacen con un argumento que provocó en principio una sonrisa por débil: el presidente tiene derecho como ciudadano a presentarse a elecciones. Lo que no entienden es que no se le quita ningún derecho a ese ciudadano porque ya lo tuvo y ganó, ¡y dos veces! Y la Constitución dice, en criollo: “Hasta ahí, nomás”.

Ibsen plantea defender los principios a cualquier costo. Y en otra obra teatral, de Sófocles, Antígona, prefiere la muerte antes que cumplir el capricho del gobernante y no violar el principio superior, la ley de los dioses. Y esa ley superior es, en una República, la Constitución. Pero, como dice Charly García: “Mi capricho es ley”. Y eso está bien para un rockero.