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Creo que así se lo puede calificar. Por fin el mundo, o mejor dicho, 195 países se comprometieron a seguir un protocolo de recuperación de las condiciones de habitabilidad y protección del ambiente planetario.

Es una noticia estupenda que ilusiona el futuro. Ofrece a las nuevas generaciones una reparación de daños ocasionados en su hábitat. Estos numerosos países dieron un primer paso, clave e importante, en la concertación de políticas que subsanen una parte de los daños ocasionados a la naturaleza.

Es un hecho histórico, casi inesperado, pues muchos eran escépticos de alcanzarlo, que marcará la reunión de París (COP21) como el eslabón que rompió el quemeimportismo de muchas naciones, desarrolladas y en desarrollo, grandes y pequeñas, frente a una realidad tan degradada que llegó a un punto crítico con serias interrogantes -que ojalá ahora se despejen- sobre la continuidad de la vida humana en la Tierra. Pero es más, ofrecieron un resultado que derrumbó las visiones pesimistas sobre la capacidad de concertación mundial.

Ahora toca conseguir la ratificación de los países firmantes para concretar la vitalidad y utilidad del Acuerdo. En muchos casos deberá seguirse el procedimiento jurídico-político que lleve a los congresos a demostrar su compromiso con este gran anhelo de la colectividad mundial.

Será la etapa definitiva que deberá confirmar las decisiones políticas anunciadas en París a fines de la semana pasada, para volverle a este instrumento tan poderoso como se lo necesita, por su carácter vinculante, de tal forma que pueda convertirse en el gran auditor, con capacidad sancionadora y fuerza coercitiva para obligar a rectificar o suspender políticas que atenten al objetivo de protección del ambiente mundial.

Entonces, esta esperanza, a diferencia de lo ocurrido con Kioto, obligará a todos a enmendar sus malas decisiones, buscar opciones energéticas más limpias de las fósiles, castigando aquellas sociedades que derrochan combustibles con subsidios irracionales por su generalidad, atemporalidad o permitir contaminaciones ambientales de industrias con procesos productivos inconsecuentes con la preservación.

En esa perspectiva, una de las actividades de mayor impacto, aunque no la única, es la industria de hidrocarburos, cuyo horizonte estará marcado por estas severas restricciones. Y, sin lugar a dudas, buscará encontrar otras fuentes alternativas, poniendo a estos nuevos productos en un mercado privilegiado, que llevará a una pérdida mayor de participación y valor de los fósiles.

Por supuesto, esto no ocurrirá de inmediato, pero sí marcará una etapa mundial en la cual los indicadores de contaminación se incorporarán a la evaluación socio-económica de forma obligatoria y tendrán un rol de elevado protagonismo.