Francisco Carrión Mena

Balance y maniqueísmo

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En un país cuya sociedad ha llegado a tales extremos de polarización y maniqueísmo, resulta difícil ensayar un balance equilibrado de los resultados de un Gobierno que ha ejercido el poder por largos nueve años, con enormes recursos económicos y con un no menor respaldo popular. Por un Gobierno autoproclamado inicialmente progresista y que desde hace un par de años aplica medidas ranciamente capitalistas.

En casi una década se pudo hacer o dejar de hacer mucho. Ya deben verse resultados y no atribuir las fallas a la administración pasada. Ya no hay herencias recibidas de regímenes anteriores, están muy lejos en el tiempo. Su Constitución, sus leyes, reglamentos se ha dado el propio oficialismo y, por ello, ya no hay excusas.

Pero, en fin, sería de miopes no reconocer, entre otros logros, la obra pública realizada en especial en vialidad, las hidroeléctricas, la reducción de la pobreza con importante inversión social, los avances en seguridad interna, el fortalecimiento de la recaudación tributaria que ha llevado a crear conciencia sobre el pago de impuestos evitando la evasión, la mejora de algunos servicios públicos, se ha incrementadoy fortalecido la clase media.

Se dirá que tuvo la suerte de disponer de recursos económicos, es verdad y no es su culpa; que se pudieron hacer mejor las obras, probablemente; que se priorizaron proyectos sin mayor utilidad, puede ser; pero de ahí a afirmar que nada de este Gobierno sirve es una mayúscula exageración. El país ha cambiado.

Pero por otro lado, el Gobierno ha cometido graves errores. La calidad de la democracia se ha deteriorado, los derechos humanos, y en particular el de expresión, han sido vulnerados. Sustentado en su respaldo popular, que no significa poder omnímodo, ha cooptado funciones del Estado y sus instituciones. En particular, aquellas que ejercen el control político y económico y que en democracia constituyen los contrapesos necesarios para su funcionamiento. Bien sabido es que “metió mano a la justicia”, restó independencia a la Corte Constitucional, al CNE, al Cpccs, a la Cordicom, debilitó al IESS, entre muchos etc.

Ese poder obtenido por el líder carismático einteligente no ha sido utilizado para llegar a consensos y para hacer una autocrítica que le lleve a rectificar conductas. Ha perseverado en la confrontación y la descalificación.

No ha habido transparencia (condiciones de contratos con China) y sí cambió el rumbo político del proyecto original para saciar las necesidades del excesivo gasto público (venta de campos petroleros, acuerdos sobre oro físico con Goldman Sachs). No ha faltado derroche y se han dado casos de corrupción. Y, en particular, no ha generado un empoderamiento ciudadano como se prometió.

La historia y el pueblo lo juzgarán; es el Gobierno más longevo de nuestra historia.

fcarrion@elcomercio.org