Pablo Cuvi

¿A dónde vamos?

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La amante bipolar está asustada. Me refiero a la clase media quiteña que se enamoró de un hombre que no la quería y pasó de la euforia del consumo a la depresión más profunda cuando el economista de ojos verdes botó jodiendo el país. Y ahora que se estaba levantando un poco anímicamente mira las fotos de los 47 aliancistas volteados la camiseta y de los ministros circunspectos que prometen recuperar el espíritu de Montecristi y exclama con horror: “¡Esta película ya me vi! Ahí está la misma canciller que sigue apoyando a Maduro. Y ese Falconí que era más papista que el papa. Y el tal Richard que quebró al Seguro y un De la Torre que sigue endeudándonos como si nada”.

Por eso, en las oficinas y los bares quiteños todos se preguntan ¿a dónde vamos? Porque la lucha contra la corrupción está muy bien, pero no es un camino: es solo el remedio a un mal que desarrolló el Gobierno revolucionario con la complacencia, cuando no la complicidad, de varios de los que asoman en las dichosas fotos.

Un politólogo que sabe la letra colorada pero prefiere el anonimato no está de acuerdo en hablar de transición; dice que Lenín actúa más bien como un encargado del poder y la consulta solo prolongará la agonía. Que debería ejercer el poder ya, aprovechar una popularidad que empieza a desgastarse, buscar un ministro de Finanzas independiente y mandar a la casa a los correístas.

Más fácil decirlo que hacerlo, pero habría que intentarlo, replico. En la disyuntiva entre la derecha tipo socialcristiana, con aires neoliberales a favor del reino del mercado, y el populismo izquierdista, estatista y corrupto, hay que buscar un camino nuevo hacia ese amplio espacio político donde se hallan diversos grupos sociales que incluyen a la amante bipolar, ávida siempre de un nuevo galán.

El politólogo sonríe y advierte que, como nunca antes, no hay líderes ni proyectos: Correa y su Constitución de Montecristi, Nebot, Lasso, Rodas, encarnan el pasado; el mismo presidente Moreno reconoce que los viejos se han corrompido o se han descuidado y que es la hora de los jóvenes. Sí, pero jóvenes que no tengan el rabo de paja del correísmo ni de la vieja derecha, supuestos adversarios que terminaron siendo lo mismo como bien lo sabe el abogado Mera.

En su flamante libro sobre los últimos 40 años, Osvaldo Hurtado plantea el dilema en términos de Estado o mercado y se decanta por este. Sin embargo, hasta los años 70 la Democracia Cristiana respaldaba la intervención del Estado para impulsar la reforma agraria y el cooperativismo como una alternativa al comunismo. Y la ID de Borja buscaba también un lugar intermedio con su lema ‘justicia social con libertad’. Pero en este nuevo milenio ultratecnológico hay que escapar de esa vieja dicotomía con un proyecto distinto, que deberá ser definido o inventado por esos millones de jóvenes a los que Correa y Glas quisieron robarles nada menos que el futuro.