6 de April de 2012 00:01

Semana santa

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El mundo católico ha entrado en el recuerdo y la celebración de Semana Santa. Siempre he pensado en la analogía -guardando por supuesto las inmensas distancias que nos separan de la divinidad de Jesús- entre la vida y la muerte de Él y nuestra propia existencia y final. ¿Por qué esta similitud? El Hijo de Dios vino al mundo para vivir la experiencia íntima y vital de ser niño, joven y adulto, tener una maravillosa familia y excelentes amigos, educarse, trabajar, saborear la alegría y la risa, padecer tristeza y llanto, vivir comunitariamente. Su vida fue una apertura, una enseñanza, una demostración de lo que nosotros recibimos desde que nacemos hasta que el último paso de la muerte nos llegue. Claro que no somos santos pero tenemos los iguales dones, gracias y valores, más la libertad y el libre albedrío, para cruzar puentes, abrir puertas, soportar el dolor de las espinas, regocijarnos con la felicidad. Por Jesucristo aprendimos, tenemos la capacidad de asumir la vida y enfrentar la muerte. Creo que este es uno de los mayores mensajes que trae la Semana Santa.

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