16 de diciembre de 2014 12:36

Los guerreros de las cloacas de Londres luchan contra los icebergs de grasa

En temporada navideña, las alcantarillas de Londres sufren el bloqueo de los 'fatbergs' o icebergs de grasa, que ocasionan la inundación de algunas casas. Foto: AFP

En temporada navideña, las alcantarillas de Londres sufren el bloqueo de los 'fatbergs' o icebergs de grasa, que ocasionan la inundación de algunas casas. Foto: AFP

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Agencia AFP
Robin Millard

Cada día bajo las calles de Londres, los encargados de mantener las cloacas luchan contra las bolas de grasa que amenazan con bloquear las canalizaciones y hacer que todos los desechos vuelvan a casa de la gente. El problema es mucho peor en Navidad, cuando el equivalente a dos piscinas olímpicas llenas de grasa de pavo se escurre por los fregaderos de los londinenses.

Muchos de ellos no son conscientes de que vertiendo la grasa por las cañerías ayudan a crear “fatbergs” , icebergs de grasa, el apodo con el que los trabajadores de las cloacas se refieren a esas enormes bolas de grasa animal que atrapan desde toallitas sanitarias a condones y que se pasean unos pocos metros por debajo de sus mesas.

El problema de las bolas de sebo bloqueando los 69 kilómetros de cloacas de Londres y el sudeste de Inglaterra se está agravando. 
Entretanto, en el corazón de la capital británica, muy cerca de Downing Street, la residencia del primer ministro, la pelea está en marcha.

El infierno en la tierra


Las cloacas -un mundo subterráneo, confinado y oscuro, lleno de gusanos y moscas, en el que los trabajadores caminan entre excrementos y podredumbre- son como el infierno. Es aquí donde Vince Minney, un supervisor de la empresa Thames Water, lleva 24 años ganándose la vida.

Con botas impermeables y un traje protector blanco, Minney, de 54 años, entra por una boca del alcantarillado y desciende siete metros por una escalera hasta las entrañas pútridas de la ciudad.
“La situación de grasa es cada vez peor. Se acumula como nunca lo hizo antes”, dijo a la AFP, de pie, con residuos hasta la cintura, en el punto donde confluyen las alcantarillas de Regent Street y Victoria.

El flujo de los desechos humanos en las alcantarillas no es el problema, dijo, es la “manta” pesada de grasa congelada pegada en la parte superior.  “Es una de las cosas más repugnantes. La diarrea es un placer comparado con esto”, añadió, golpeando con un pico la capa de grasa espesa que rodea sus muslos. Minney y su equipo rompen los “fatbergs” con palas o chorros de agua a alta presión.

Los hongos crecen en la corteza. Mientras avanzan entre la grasa, dejan una estela como un buque rompehielos. Cada tajo en la superficie libera el hedor repugnante de sulfuro de hidrógeno que puede pegarse al cuerpo de un trabajador durante dos semanas.

“Es muy, muy asqueroso. Huele horrible”, añadió Tim Henderson, de 39 años, que lleva siete años trabajando en el alcantarillado. “Es una mezcla de olor a sudado, a queso, mezclado con aguas residuales”.

Que te salpique no es divertido. “No es agradable en la cara”, dijo Minney. “He tenido algunas buenas salpicaduras. A veces las moscas te van a la boca. Escúpelas rápidamente”, se rió.

Una ciudad bajo la ciudad


Se requiere un buen sentido del humor y mucha dedicación para trabajar en las alcantarillas, construidas en la década de 1860. Al igual que los conductores de taxis que pasan años antes de adquirir “el conocimiento”, como se llama al aprendizaje de todas las calles del centro de Londres, conocer el entramado subterráneo exige devoción por el trabajo.

Hay un Londres debajo de Londres. Es una verdadera proeza de la ingeniería. Algunas de las alcantarillas son realmente hermosas. El ladrillo es simplemente increíble”, dice Henderson.

La grasa congelada, ya sea succionada o disuelta, acaba en un vertedero.

Thames Water dice que sufre 80 000 bloqueos de “fatbergs” por año y que le cuesta limpiarlos 1 millón de libras (USD 1,6 millones, EUR 1,3 millones) al mes. A unos 7 000 clientes se les inunda la casa de aguas residuales cada año por culpa de la grasa.

“Sería genial si la gente y las empresas ayudaran. Podríamos estar gastando ese dinero en cosas mejores”, dijo Minney, instando a la gente a dejar de tirar grasas y aceite de cocina por sus sumideros.

“La gente piensa que lo que queda fuera de la vista, queda fuera de la mente. Pero unos pobres tipos tienen que lidiar con ello. Y empeora en Navidad. Tírenla a la basura, no provoquen atascos. Esa es la respuesta”, agregó.

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