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Escapar al Báltico en busca de las libertades

Soldados del ejército lituano instalan alambre de púas en la frontera con Bielorrusia, en Druskininkai. Foto: Reuters

Durante el período en el que Ecuador mantuvo una embajada en Minsk, capital de Bielorrusia, tuve la posibilidad de permanecer unos días en esa ciudad, por invitación de nuestra representación diplomática. La cercanía y facilidad de movilización en la región motivó mi interés de ir por un día y por tierra desde Minsk hasta Riga, vía Vilna, capitales de Letonia y Lituania, respectivamente. Son dos países bálticos que, junto a Estonia, han sido históricamente identificados con una permanente lucha por la libertad.

El trayecto, más allá del fascinante recorrido, me permitió percibir y sentir de primera mano una realidad innegable: Bielorrusia y los países bálticos están muy cerca y muy lejos a la vez.

Los países bálticos aparecieron en el mapa de Europa tras la Primera Guerra Mundial y desaparecieron con la Segunda, cuando nueve días antes de su inicio, los tres países fueron incorporados a la Unión Soviética por el Pacto Molotov-Ribbentrop del 28 de agosto de 1939. Desde 1941 hasta 1944 fueron ocupados por Alemania; y, desde 1944 hasta 1991, nuevamente por los soviéticos. Renacieron como independientes luego de la caída del muro de Berlín.

El ejemplo de los países bálticos incomodaba a Moscú. Su resistencia al régimen soviético, a la opresión y rusificación se hizo especialmente pública a nivel internacional a partir de los años 70 y, según testimonios, eran secundados por otros pueblos que se encontraban bajo el control de la URSS.

La independencia e ingreso a la Unión Europea consolidaron los resultados de su permanente lucha y resistencia. Los constituyó, al mismo tiempo, en una puerta de entrada a Occidente, a sistemas democráticos y de creciente respeto a los derechos humanos.

Es el caso en la actualidad de miles de ciudadanos de países como Bielorrusia, especialmente tras la llamada ‘Revolución blanco-rojo-blanco’. Este movimiento social iniciado en Minsk ha generado una prolongada crisis política y social desde julio de 2020, por la supuesta represión a las protestas ante las elecciones en las que el presidente Alexander Lukashenko buscó -y logró- por sexta ocasión mantener el poder, que lo ejerce desde la independencia.

La protesta alegó el bloqueo de candidatos, el uso desproporcionado de la fuerza, detenciones arbitrarias y fraude electoral. Se sostenía que la alianza de todos los movimientos de oposición ganó las elecciones con la candidata Svetlana Tikhanovskaya, refugiada desde el 11 de agosto en Lituania.

Allí debieron refugiarse también sus hijos durante la campaña, en la que previamente no se permitió que su esposo fuera candidato, privándolo de su libertad. Como en su caso, Vilna y Riga han sido dos de los principales destinos de ciudadanos autoexiliados o forzados a abandonar su país.

Durante los Juegos de Tokio, la atleta Kristina Timanovskaya pidió asilo en la embajada de Polonia para evitar el regreso forzado a su país por parte del Comité Olímpico bielorruso (que encabeza el hijo de Lukashenko). Había denunciado que la obligaron a participar en una prueba distinta a su especialidad. Se conoce que su esposo huyó a Ucrania para reunirse con ella en Varsovia.

No obstante, el caso que más ha consternado a la comunidad internacional en estos últimos meses, y ha mostrado otra vez realidades ignoradas, así como el papel que juegan en la región los países bálticos, es el del periodista y activista Roman Protasevich. El joven de 26 años debió también escapar al Báltico. Como líder de la oposición bielorrusa y cofundador de los canales antirégimen en Telegram, jugó un papel relevante en las protestas de 2020, lo cual lo llevó a un forzoso exilio en Vilna.

El 23 de mayo pasado se produjo un evento sin precedentes, y contrario a toda norma de derecho internacional. Protasevich regresaba de vacaciones de Grecia a Lituania, en un vuelo comercial de la aerolínea irlandesa Ryanair. La ruta ordinaria debía sobrevolar espacio aéreo de Bielorrusia. Fue entonces cuando aviones de guerra lo interceptaron en el aire y lo forzaron a aterrizar en Minsk, en donde él y su novia, de nacionalidad rusa, fueron detenidos.

Protasevich fue acusado de incitar al odio social y promover disturbios; su novia, de haber dirigido uno de los canales de Telegram que el Gobierno considera extremistas. Un mes más tarde se informó que los dos salieron de prisión y se encontraban en arresto domiciliario.

No obstante, una entrevista en prisión al activista, difundida por la televisión pública de Bielorrusia, motivó una nueva condena internacional. En esa entrevista se ve a Protasevich, con huellas de golpes maquillados y heridas en los brazos por el uso de esposas, llorar y pedir perdón bajo aparente o evidente coacción.

Su familia, la oposición bielorrusa y varios líderes occidentales han protestado por la angustiosa grabación. La han descrito como el vídeo de un rehén. Según declaraciones recogidas por el diario El País de España, el ministro de Exteriores de Lituania, Gabrielius Landsbergis, habría calificado a la transmisión como una manifestación de “terrorismo de Estado”.

La interceptación y aterrizaje forzado del avión comercial para detener a un opositor político que había huido a un país báltico fue condenada por la Unión Europea, Estados Unidos, Ucrania, y el Reino Unido. Se han cerrado espacios aéreos para aeronaves bielorrusas y se han impuesto nuevas sanciones a las ya existentes.

Mientras tanto, el propio controlador de tráfico aéreo responsable del aterrizaje forzado, Oleg Galegov, abandonó ya el territorio bielorruso, y lo siguen haciendo quienes ven esperanza en Occidente.

Letonia se encontraría en una situación similar a Lituania por tener el mismo tipo de frontera porosa. Estonia, por su parte, envía ayuda y personal para apoyar en las fronteras de los otros dos países bálticos. Curiosamente, refugiados de países como Afganistán, Irak y Siria, que habían obtenido asilo en Bielorrusia, están también huyendo hacia los países bálticos.

La Relatora Especial de la ONU, Anais Marin informó que en 2020 más de 35 000 personas habrían sido detenidas arbitrariamente en Bielorrusia y que el temor a represalias ha obligado a decenas de miles de ciudadanos a huir del país. Si bien otras opciones de exilio, por razones étnicas, familiares o de otra índole son Polonia, Ucrania o Georgia, de acuerdo con cifras del Acnur, la mayoría de migrantes forzados son y seguirán siendo nacionales de Bielorrusia que optan por escapar al Báltico.

*Diplomático de carrera y exVicecanciller. Los criterios expresados no necesariamente corresponden a los del Servicio Exterior.

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