6 de octubre de 2019 00:00

Las series, otra forma de terapia

Jorge Carrión, en uno de los hoteles del norte de Quito.  Fue uno de los invitados de la nueva edición de Escritor Visitante, organizada por el Centro Cultural Benjamín Carrión. Foto: Patricio Terán/ELCOMERCIO

Jorge Carrión, en uno de los hoteles del norte de Quito. Fue uno de los invitados de la nueva edición de Escritor Visitante, organizada por el Centro Cultural Benjamín Carrión. Foto: Patricio Terán/ELCOMERCIO

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Gabriel Flores
Redactor (O)
gflores@elcomercio.com

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Las series son una de las pasiones del escritor Jorge Carrión. Desde hace más una década se ha dedicado como fan, crítico y académico a reflexionar sobre este producto cultural. 

Las series se han convertido en uno de los productos culturales más consumidos durante las dos primeras décadas del siglo XXI. En esta charla, el crítico y escritor español Jorge Carrión -una de las personas que más ha pensando sobre este fenómeno desde Hispanoamérica- lanza una serie de reflexiones sobre la influencia y los cambios sociales que están generando.

¿Cuándo las series de televisión se convirtieron en uno de los productos culturales más populares y consumidos?

Las series han sido importantes desde los años 50 del siglo pasado. Desde entonces, cada generación ha tenido programas y series con las que ha creado vínculos emocionales. Pienso en ‘Alfred Hitchcock presenta’, en ‘Yo amo a Lucy’ o en las telenovelas latinoamericanas o españolas. El giro se inicia en el 2001, las series que se emitían empezaron a representar la nueva atmósfera de miedo que surgió con el atentado a las Torres Gemelas. Series como ‘Los Soprano’ y ‘El ala oeste de la Casa Blanca’, que se estrenaron en 1999 -año en que comienza ese paradigma que hemos llamado la tercera edad de oro de la televisión- se convierten en precursoras de toda una explosión de creatividad y de talento.

Pero la idea de serialidad en la cultura tiene más tiempo, ¿no?

En mi libro ‘Teleshakespeare’ llamo adrede a las series telenovelas, porque en efecto son las mutación del folletín y de la novela por entregas pero en nuevos formatos. No podemos lanzar la afirmación ingenua de que nada es nuevo. Las series tienen muchos elementos novedosos. Lo que pasa es que como todo lo que crea el humano, las series se fueron adaptando, versionando y heredando capital del pasado.

En los años 90, para saber el final de una serie teníamos que esperar años, ahora en una maratón de un fin de semana podemos conocer ese final, ¿qué dicen las series respecto de nuestra forma de concebir el tiempo?

Nos hemos vuelto sumamente impacientes. No solo que podemos hacer lo que tú dices sino que muchas series están empezando con un ‘flash­forward’ que te muestra el final o algo que sucederá después. Diría que la opción muy arriesgada de Netflix de estrenar las temporadas de golpe, que por suerte no ha generado escuela porque las otras plataformas han mantenido la emisión semanal, provoca un tipo de consumo intensivo muy interesante, pero que es completamente ajeno a los ritmos de la vida contemporánea. Difícilmente tienes tiempo para dedicarle de forma monotemática a un solo objeto cultural, en una época en la que estamos consumiendo podcast, leyendo libros, escuchando audiolibros y jugando videojuegos.

Entonces, ¿por eso la popularidad que están ganando las miniseries?

Efectivamente, este ha sido el gran año de las miniseries, entre ellas ‘Chernobil’.

¿Cómo las series están cambiando la geopolítica cultural?

Cuando escribí ‘Teleshakespeare, hace 10 años, dije que las series son el último intento de Estados Unidos por seguir siendo influyentes en términos de poder cultural. Ahora hay una producción global de series que están logrando la circulación planetaria de imaginarios propios para contrarrestar el modelo estadounidense. Los países nórdicos han conseguido ser muy influyentes en términos seriales. También están llegando series rusas y coreanas de alto nivel y que son muy interesantes. Hay un ejemplo muy bueno que es el de ‘Fariña’, esta serie española que adapta un libro de Nacho Carretero. ‘Fariña’, que es una serie de narcotraficantes gallegos, es muy interesante para un espectador acostumbrado a ver ‘Narcos’ o ‘Breaking Bad’, porque allí el narcotráfico se muestra de un modo radicalmente distinto. Este tipo de choques en representaciones me parece que es muy interesante y por donde se pueden observar cómo se mueve la geopolítica cultural.

En medio de esta nueva dinámica pasa algo curioso, porque hay series que alcanzan éxito global pero no local. Pienso en ‘La casa de papel’, ‘La amiga estupenda’ o ‘Dark’.

Habría que ver caso por caso, pero diría que nadie es profeta en su tierra. A menudo, lo más exportable no es aquello que en el lugar de la producción se considera lo mejor o lo más interesante.

¿Las series pueden funcionar como una especie de psicoanalista personal?

No es casual que haya tantas series sobre psicólogos o grupos de terapia. La última es ‘Euphoria’ y la primera fue ‘Los Soprano’. La tercera edad de oro de la televisión empieza con un hombre que va a terapia. Creo que las series son absolutamente sintomáticas de los traumas, tabúes y problemas sociales y políticos que vivimos. De 1999 al 2012, que acaba ‘Breaking Bad’, predomina la idea de contar una historia. En la segunda década del siglo XXI predomina la cultura de la terapia, los síntomas y la psicología. Cuando leía los libros de Eva Illouz me fascinó su concepto de cultura de la terapia. Ella dice que las estructuras emocionales del siglo XXI son eminentemente terapéuticas.

Entonces, ¿se pasó de los grandes relatos a las historias particulares?

En nuestra época se apuesta por todo. Hay grandes historias épicas, abarcadoras de un mundo, como ‘Juego de Tronos’ o ‘Vikingos’, y hay microhistorias costumbristas y mínimas, como ‘Catastrophe’ o ‘Flyback’.

Incluso siguen apareciendo westerns. Creo que estamos en un momento en que cualquier veta narrativa es explotada y donde todas las escalas son posibles.

El otro día, en una entrevista el director español Alejandro Amenábar dijo que una serie aparezca como original de Netflix es un problema en relación con el derecho de autor, ¿qué piensas al respecto?

Lo que dijo Amenábar es totalmente válido. La marca es mucho más importante que la autoría y eso por un lado es un peligro y una amenaza, y por el otro lado es una mutación que hay que ver hacia dónde nos lleva. Creo que hay que resistir, pero esta puede ser una lógica que a largo plazo eclipse lo individual, como pasó en la Edad Media, cuando se construían capillas románicas y se pintaban frescos y nadie firmaba sino que era una obra colectiva. Quién sabe si en el futuro haya un regreso a la obra colectiva, con un seudónimo colectivo.

Las series no solo se consumen en la televisión, ¿qué pasa con el consumo de series en otro tipo de pantallas?


Creo que a las series hay que empezar a llamarlas solo series y no teleseries, porque se adaptan a cualquier pantalla. Puedes empezar una serie en el celular y ese capítulo en pausa seguir viéndolo en la televisión o en el ordenador. Por otro lado, es interesante la lectura en doble pantalla. Se puede ver la serie en una y estar tuiteando o buscando en dónde más hemos visto a un actor en otra. En nuestro tiempo la dispersión se ha vuelto absoluta, por eso en mi libro ‘Contra Amazon’ reivindico la lectura del papel, porque es uno de los pocos fenómenos culturales, junto con el cine y el teatro, donde hay atención hacia el mundo físico.

Así como hay un canon literario, puede haber un canon sobre las series. ¿Cuáles entrarían en el suyo?

Hablar del canon de las series es muy interesante, porque se ha hecho en tiempo real y por fans. Es un canon interesante y recomendable pero problemático, porque quién va a tener tiempo en el futuro para volver a ver todas las series y reformular el canon. En el mío están ‘Los Soprano’, ‘Mad Men’ y ‘Breaking Bad’ junto con otras no tan obvias como ‘Galactica’ que es muy imperfecta pero muy potente, ‘The Leftovers’, ‘Juego de Tronos’ y en el ámbito de la comedia ‘La maravillosa señora Maisel’ y ‘Transparent’. Fuera de Estados Unidos están ‘Black Mirror’, ‘Sherlock’, ‘Borgen’ y ‘Gomorra’.

¿Se puede aventurar a pensar cómo será el mundo de las series en 10 años?

No.

¿Por qué?

Porque seguramente en 10 años va a llegar otro factor de disrupción que va a cambiar el ecosistema cultural, como lo hicieron Netflix o Amazon. Lo que uno puede ver en el presente son síntomas que podrían ser tendencia luego, como las series con capítulos breves, que duran entre 12 y 15 minutos. Seguramente, cada vez va a ser más importante el giro feminista y femenino y habrá más actores y actrices con algún tipo de minusvalía o discapacidad.

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