16 de septiembre de 2018 00:00

Las etiquetas nos hacen perezosos

Javier Sierra, en una de las salas del Hotel Sheraton. Entre sus manos sostiene ‘El Fuego Invisible’, libro con el que ganó el Premio Planeta de Novela el año pasado. Foto: Galo Paguay/ EL COMERCIO

Javier Sierra, en una de las salas del Hotel Sheraton. Entre sus manos sostiene ‘El Fuego Invisible’, libro con el que ganó el Premio Planeta de Novela el año pasado. Foto: Galo Paguay/ EL COMERCIO

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Gabriel Flores
Redactor (I)

gflores@elcomercio.com
 

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El escritor Javier Sierra fue uno de los invitados internacionales de la última edición de la Feria Internacional del Libro de Guayaquil.

Aprovechando su visita al país estuvo unos días en Quito. En una pausa, en medio de sus recorridos por el Centro Histórico, conversó con este Diario sobre la manía de etiquetar que tiene la sociedad actual. Una manía que ha vivido en carne propia desde que la gente lo comenzó a asociar de forma exclusiva como un autor de ‘best-seller’.

¿Por qué etiquetar es uno de los pecados capitales de nuestra sociedad?

Etiquetar es una muleta. Es el reflejo de una cultura pobre que trata de colocar las cosas de una manera muy clara para no perderse. Cuando alguien etiqueta mucho, de alguna manera, está demostrando su poca flexibilidad y su poca mundología. En las sociedades que no tienen un desarrollo cultural muy amplio la etiqueta es el lugar al que uno se aferra para disfrazar su escasa cultura.

¿De dónde viene esta idea obsesiva por las etiquetas?

Viene mucho de la tradición religiosa. En la Europa cristina milenaria se creó un sistema de etiquetas como la del cristiano viejo, aquel que podía demostrar que tenía varias generaciones de cristiano sin estar mezclado con judíos o musulmanes. Era una etiqueta xenófoba. Una de las formas que tenían en la España del siglo XVI y XVII para demostrar que uno era cristiano viejo consistía en comer cerdo, por eso en España está tan arraigado el consumo de los embutidos.

¿Qué pasa en los países hispanos?
Bueno, etiquetamos mucho. Eso no quiere decir que pueblos más desarrollados no etiqueten. Lo que pasa es que son más versátiles en su etiqueta y uno puede romperla. En las culturas anglosajonas está la idea de que cualquier persona puede alcanzar la presidencia de un país. En cambio en las culturas latinas dependiendo de a qué familia perteneces o en qué estado social has crecido tienes más o menos posibilidades de serlo. El peor de todos los sistemas de etiquetas, el que condiciona la vida de un ser humano de arriba a abajo es el sistema de castas de la India. Tú naces pobre o rico porque el karma, que es un concepto religioso, te ha situado en uno de esos puntos.

¿Cuáles son las etiquetas más perjudiciales en la sociedad actual?

A mí las que más me molestan son las etiquetas equívocas. Por ejemplo, cuando se me etiqueta de escritor de ‘best-seller’. Un‘best-seller’en el mundo latino tiene una carga peyorativa. Se presume que por llegar a tanta gente la calidad es ínfima. Esto es absurdo, porque cuando un libro es realmente bueno se abre paso a través de todo tipo de cultura. Es como si tacháramos de poco inteligente, poco culto o poco profundo a ‘El Quijote de la Mancha’, de Miguel de Cervantes, porque en su época fue un auténtico‘best-seller’.

¿Y fuera de la literatura?

El sistema educativo con su nivel de calificación de los alumnos. Uno es un alumno de sobresaliente o un alumno de suspenso. Está bien que haya una evaluación, pero hay veces que es muy difícil como alumno escaparte de esa etiqueta. Muchas veces la etiqueta, y ese es el gran problema, te impide profundizar en las causas.

Entonces, ¿la meritocracia es una etiqueta nociva?

El punto en el que la meritocracia es perjudicial es en los primeros estadios de la educación, donde se configura la personalidad de un alumno. Ahí una etiqueta le va a marcar el resto de sus días. Lo que me preocupa es que a un alumno de primaria le digan que es un fracasado por sus notas.
¿Te parece que las etiquetas son una forma de ordenar el mundo?
Umberto Eco era un escritor que estaba fascinado con las listas, que son una clase de etiqueta donde colocas lo bueno, lo malo y lo regular. Para mí, elaborar ese tipo de ranking es una muleta de criterio. El problema es que no se te permita saltar de un ranking a otro. Las etiquetas en sí mismo no son buenas ni malas. Se convierten en malas cuando son inamovibles, por eso uno debería tener siempre la oportunidad de removerlas. Deberían tener un adhesivo frágil para que uno las pudiera quitar sin dejar huella. El problema es que las etiquetas simplifican el mundo, nos hacen perezosos y perder el sentido crítico.

¿La etiqueta es una variante de los dogmas?

En épocas donde tenemos tantos conflictos de migración parece que sí. Por ejemplo, cuando etiquetamos a los venezolanos que están entrando en condición de riesgo a Ecuador. La etiqueta de emigrante lo convierte en un ciudadano de categoría inferior y lo condiciona. Si no somos generosos, estamos cercenando el futuro de estas personas. En España pasa exactamente lo mismo con la migración que viene de África. Lo que estamos haciendo es recuperar aquel espíritu del Imperio Romano, donde uno era bárbaro o romano... y no había otra posibilidad. Las etiquetas mal colocadas son la raíz de los grandes guetos y de las grandes exclusiones.

¿Existen las etiquetas bien colocadas?

Si no fueran absolutas, sí; pero hay mucha gente que vive de las etiquetas. A alguien que ha hecho algo bien le puede dar reputación para el resto de su vida. Esto pasa por ejemplo cuando alguien entra en el Top Ten del New York Times Best Seller List, como es mi caso. Uno se convierte en New York Time Best Seller Autor por el resto de su vida haga lo que haga y me he preguntado si eso es justo, si treinta años después de haber conseguido esa etiqueta debas seguir bebiendo de esa lista. Yo creo que no y por eso a las etiquetas hay que renovarlas.

¿Cuáles son las etiquetas que más han afectado a la sociedad española en los últimos años?

Una de las etiquetas que cayó durante muchos años sobre nuestro país y que afortunadamente hemos comenzado a superar es que somos un país perezoso, que lo único que habíamos aportado al vocabulario internacional era la palabra siesta. Ahora una etiqueta que me preocupa y que deberíamos revisar es la de europeísta. Miramos mucho a Europa y hemos dejado de ver a América, que es histórica y culturalmente nuestro espacio. Es algo que asumimos los españoles desde que en 1986 entramos a la Unión Europea.

¿Qué pasa con la etiqueta del independentismo?

Más que una etiqueta creo que es una situación. El independentismo se está construyendo desde el sentimiento. Una parte de España siente que la otra no la ha protegido lo suficiente y la otra siente que funcionaría mejor de manera aislada. Creo que lo que deberíamos estar haciendo es debatir que se eliminen las fronteras que existen con Portugal y con Francia.

¿Donald Trump es uno de los grandes etiquetadores de nuestro tiempo?

Sin duda es uno de los grandes simplificadores. Ha construido su política sobre la imposición de etiquetas en todos los estratos de la sociedad. Lo preocupante es que haya ganado las elecciones y que exista gente que haya aceptado que esa manera de híperetiquetar es buena. No hay tanta diferencia entre la política migratoria de Donald Trump y lo que pasaba con los judíos en la Alemania nazi, donde te ponían una estrella para señalarte. Hay que tener cuidado, porque podemos pasar a extremismos. También está toda la sociedad coreana, que ha sido etiquetada de una manera perversa.

Del otro lado está la familia, uno de los espacios más íntimos que tenemos.
Muchas veces las etiquetas más crueles y las que más condicionan salen de la familia. Está la etiqueta de vas a ser un fracasado o la contraria que eres el mejor, y eso es perjudicial porque después llegan las decepciones. Al final la respuesta está en los antiguos egipcios. Ellos consideraban que la diosa más importante de todo su panteón era Maat, la diosa del equilibrio. El universo se mantenía bien si mantenías a raya las fuerzas opuestas. Las etiquetas lo que hacen es siempre desequilibrar la balanza de la existencia.

Javier Sierra
Nació en Teruel (España) en 1971. Fue cofundador de la revista Año Cero, director de ‘Más Allá de la Ciencia’ y presentador y director de espacios de radio. Entre sus libros se destacan ‘La cena secreta’, ‘La dama azul’, ‘La ruta prohibida’ y ‘El maestro del Prado’ (la ficción es­pañola más vendida del 2013). El año pasado ganó el Premio Planeta con la obra ‘El Fuego Invisible’.

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