15 de octubre de 2017 00:00

El siglo ganado de Isabel Robalino

Isabel Robalino Bolle en un momento del  homenaje que le rindieron este 12 de octubre en Quito. Foto: Diego Pallero/ EL COMERCIO.

Isabel Robalino Bolle en un momento del homenaje que le rindieron este 12 de octubre en Quito. Foto: Diego Pallero/ EL COMERCIO.

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Enrique Ayala Mora* (O)

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El culto a la vida nos hace humanos. La memoria nos hunde en las raíces de nuestra identidad. Por ello debemos celebrar la vida de Isabel Robalino Bolle; el hecho de que haya llegado a sus cien años nos invita a volver a nuestros orígenes como pueblo, con sus ilusiones y sus luchas, sus éxitos y sus fracasos, sus ideales y sus realizaciones.

Isabel Robalino Bolle repite siempre con orgullo que es quiteña. Y lo es, no solo porque aquí ha vivido la mayor parte de su vida sino porque se encariñó con el centro histórico de la capital, asiento de la casa familiar, de donde nunca ha salido su corazón, aunque tuvo que dejarla por motivos de restauración. Pero, en realidad, nació en Barcelona el 14 de octubre de 1917, porque allí tuvo que trasladarse su madre por el imperativo de la función diplomática de su padre.

Es hija de don Luis Robalino Dávila, escritor quiteño, internacionalista, fundador de la Cruz Roja, pero sobre todo historiador de la patria, a quien debe el país el reconocimiento que merece uno de los grandes investigadores de su vida republicana.
De él heredó su hija el amor al país, la inclinación por la política como servicio y el compromiso ético. Su madre, doña Elsbeth Bolle, era una alemana que amó entrañablemente a su familia y al Ecuador. De ella tiene la disciplina y la austeridad en la vida y en la fe.

Tuvo una formación cuidadosa, en algunos aspectos autodidacta. Su vida en Suiza, Bolivia, Brasil y México, le permitieron ver el mundo desde una amplia perspectiva. Para el colegio eligió el Mejía y allí desarrolló su conocimiento del país y sus dotes de liderazgo.

Luego pasó a la Universidad Central del Ecuador, donde luego de una activa vida estudiantil se graduó de doctora en Derecho. También obtuvo el título en la Universidad de Cauca. Cursó posgrados en Derecho del Trabajo, Agrario y Penal en la Universidad Autónoma de México, y sobre Doctrina Social de la Iglesia en la Universidad de Lovaina.

Ha ejercido la profesión y alguna vez fue miembro del Tribunal del Crimen y de la Corte de Menores, pero su vocación radical ha sido el compromiso con las organizaciones de trabajadores. Siendo muy joven, en 1938, acompañó en la fundación de la Confederación Ecuatoriana de Obreros Católicos (Cedoc). Y ha sido abogada y asesora sindical hasta el presente. Fue promotora del Frente Unitario de Trabajadores (FUT). Defendió los derechos laborales hasta hoy y no falta a las movilizaciones y protestas. Su testimonio es todavía más notable cuando del lado del despotismo están mujeres sumisas que consideran a la izquierda y a la revolución como instrumento de figuración y enriquecimiento.

Como consecuencia de su labor en el movimiento obrero, fue elegida diputada constituyente en 1966. Allí fue protagonista del cambio del eje político tradicional. Con Julio César Trujillo luchó contra empresarios liberales, que luego se convirtieron en neoliberales, como León Febres Cordero, por la amnistía a los obreros de la Fábrica Textil Imbabura.

En 1968 fue la primera mujer que llegaba al Senado de la República. Pero su trabajo de legisladora, aunque importante, fue temporal. Lo permanente fue su trabajo en la Cedoc, que devino en Cedocut. Allí enfrentó una división, pero al cabo de los años se convirtió en una persona clave en la búsqueda de la unidad.

Para impulsar el trabajo popular y social, fue promotora o partícipe de la gestación de varias instituciones. Fundó el Instituto Ecuatoriano para el Desarrollo Social (Inedes) e impulsó desde su directorio, la Central Ecuatoriana de Servicios Agrícolas (CESA).
En la vida académica, fue profesora de Derecho en la Universidad Católica y en la Universidad Central del Ecuador. Pero uno de sus principales aportes fue la creación y mantenimiento de la Escuela de Trabajo Social de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, de la que fue primera directora. Esa unidad académica fue una innovación en un momento en que la gestión social era un espacio importante para la mujer.

Isabel Robalino siguió los pasos de su padre y dedicó varios años al servicio de la Cruz Roja. Como cristiana comprometida ha ejercido con dedicación la Presidencia de la Comisión Ecuatoriana de Justicia y Paz. Es miembro de número de la Academia de Historia, de la Real Academia de Historia de España y de la de Historia Eclesiástica. Es miembro de la Sección de Ciencias Jurídicas de la Casa de la Cultura, cuya dirección ha ejercido.

Robándole tiempo a las tareas prácticas del ejercicio profesional y la dirigencia social, ha escrito varios libros. Unos dedicados al sindicalismo y al Derecho Laboral, otros a la enseñanza universitaria. Los demás son biografías, entre ellas las de su padre.

Ha recibido condecoraciones y premios, pero no tiene ningún doctorado honoris causa. No ha tenido ni el tiempo ni la audacia para andar buscándolos, porque su calidad política, intelectual y sobre todo humana, no requieren de instrumentos de autobombo que inflen su personalidad. La doctora es doctora, pero en el servicio de nuestro pueblo.

El lado humano de las personas se aprecia en situaciones excepcionales. Se debe recordar, por ello, que toda la vida le tocó abrirse paso en una realidad de predominio machista. En la Legislatura, en el sindicato y en las labores de iglesia, le tocó muchas veces estar sola rodeada de hombres.

Duro, y por ello notable, habrá sido, por ejemplo, participar en las conspiraciones previas a la “Gloriosa” del 28 de mayo de 1944, cuando en medio de la confusión había que ocupar el Palacio. O cuando dirigió en septiembre de 1947, el operativo de toma de la misma Casa de Gobierno, desafiando a la dictadura del “Manchenazo”. Difícil es planear las huelgas y las marchas, soportar los agotadores contratos colectivos y las malas caras que a veces ponen los que deben negociar.

Nada fácil sería ir a dar el examen de manejo y renovar la licencia, pasados los noventa años. A muchos habrá escandalizado oír que dijera “pasen señoritas” al zaguán, para proteger del abuso policial a un grupo de mujeres cuando la avenida 24 de Mayo, frente a su casa, era mercado humano.

Y, desde luego, se necesita mucho coraje para marchar por las calles a los 99 años, poner la cara para denunciar la corrupción y cargarse las acusaciones de los perdonavidas de hace cuatro meses, que ahora son prófugos de la justicia.

Pero todo ello ha ido consolidando la imagen en que ahora quiere reflejarse la gente de este país. Por ello, al cabo de una década perdida para la construcción nacional y la honradez, celebramos el siglo ganado de Isabel Robalino Bolle.

(Tomado de la semblanza de Isabel Robalino, presentada en su homenaje nacional, el jueves 12 de octubre en el teatro de la Universidad Central del Ecuador).

*Historiador y profesor universitario, presidente del Colegio de América, Sede Latinoamericana.

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