5 de November de 2010 00:00

Las fumigaciones en bananeras causan polémica en Los Ríos

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Carlos Velasteguí, redactor

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Yo solo quiero que mis hijos sean independientes y puedan valerse por sí mismos cuando no esté”. En esta frase Marisol Villamar resume su anhelo más preciado: que sus tres jóvenes hijos que tienen discapacidad física y un niño con síndrome de Down salgan adelante.

Los cuatro chicos asisten desde las 08:00 al Instituto de Educación Especial Nuestra Señora de El Carmen en Urdaneta (Los Ríos). La familia vive en una modesta vivienda de bloques vistos. La casa está a unos 200 metros de la institución educativa.

El instituto y la vivienda de la familia Bohórquez están en medio de plantaciones de banano de Urdaneta. Aquí los sembríos se fumigan por vía aérea. Lo mismo sucede en poblados cercanos, como Pueblo Viejo, Montalvo, Baba, Pechiche, Palenque, Mocache, Buena Fe, Valencia, Quevedo, entre otros.

En Urdaneta, Beatriz García, directora del Centro de Educación Especial, presume que los químicos utilizados en las fumigaciones son la causa de las enfermedades de la población. “El pretexto que ponen los bananeros es que no hay un estudio que respalde este temor”.

Según García, no hay un diagnóstico de la enfermedad de los jóvenes. Se sospecha también que tienen el síndrome de Lesch-Nyhan (SLN), una enfermedad hereditaria, una alteración genética. Normalmente la madre es portadora y transmite a sus hijos. Aunque hay casos que no están en el historial familiar. La Misión Manuela Espejo, de la Vicepresidencia de la República, tiene un informe de respaldo.

Una de las médicas de la Misión es Patricia López. “Se determinó que las personas que sufren de discapacidad intelectual viven cerca de plantaciones”.

En Los Ríos, hasta septiembre de este año, la Misión registró 404 casos con discapacidad en situación crítica. En el país suman 22 148 casos similares.

López, además, sospecha que están afectados los padres de familia que laboraban en haciendas bananeras sin ninguna protección (guantes, lentes, etc).

Otro agravante se presenta en las viviendas localizadas en medio de las bananeras, dice López. En los hogares manipulan los alimentos sin la precaución de que puedan tener los residuos químicos, que caen desde el aire, producto de las fumigaciones.

López explica que como parte de la Misión, se tomaron muestras de sangre de los afectados. Estas se enviaron al Instituto Nacional de Genética de La Habana, Cuba, para su análisis.

El vicepresidente, Lenín Moreno, dijo el 6 de octubre pasado que “en esta región se debió considerar las fumigaciones por vía terrestre y no por aire. De esta forma se pudo evitar los efectos nocivos, a nivel genético, en los trabajadores que laboran en plantaciones o en sus hijos”.

La familia Bohórquez aún no conoce los resultados de los exámenes médicos. En tanto eso sucede continúa con sus actividades cotidianas.

Como todos los días, a las 15:00, los integrantes de esta familia regresan a casa por una vía en mal estado. Para ellos esto es una proeza, pese a que solo 200 metros los separan.

La vía está lastrada y las piedras no permiten que las ruedas de sus sillas se deslicen. “La calle es malísima, las piedras afectan las ruedas y sufrimos todos los días”, dice Ronny, de 26 años.

La discapacidad física de los cuatro muchachos les provoca dificultades para hablar. Su madre es la intérprete de sus hijos.

Josué, de 14 años, es el último de los hermanos. Tiene síndrome de Down. Pese a sus dificultades se da modos para conversar con dificultad y empujar la silla de ruedas de su hermano, Henry, de 20 años.

En este trajín diario, Marisol empuja la silla de Ronny. Su hija, Denise, de 24 años, bajita y sonriente, hace lo mismo con la silla de Joao de 17. Él todavía puede mover sus brazos.

Hasta hace unos días Joao caminaba solo, pero sus caídas, provocadas por su discapacidad física degenerativa, le obligaron a usar la silla “No me gusta, pero me tocó”, dice, esbozando una sonrisa y concentrándose para hablar. La actividad de Marisol y Denise no termina tras dejar a los muchachos en el instituto. Esta institución educativa les permitió trabajar a las dos.

Cada una gana USD 170. A esta cantidad se suma el sueldo de USD 310 del jefe de la familia, Oswaldo Bohórquez. Él trabaja en el Municipio de Urdaneta. Esto facilita la ayuda que requieren los jóvenes Bohórquez: terapia física y de lenguaje, entre otras atenciones. Ellas, además, apoyan a otros 130 alumnos de este centro escolar, en el cual trabajan otras 24 personas, entre educadoras y médicos.

Otras docentes y colaboradoras se encargan de la atención de los cuatro jóvenes. Por ejemplo, María Sánchez está pendiente de Ronny. Por su avanzada enfermedad, él requiere una atención individual.

Los productores descartan los efectos nocivos

Para Wilfrido Macías, productor bananero de Los Ríos,  desde  la existencia de  agroquímicos en el país  nadie ha hecho  estudios para permitir su ingreso. Esto hizo, según dice,  que  la producción agrícola creciera pero con  efectos colaterales para el ser humano. Por  ejemplo desde  los 70 hasta los 90,  hubo productos  con cloro y fósforo que tuvieron efectos positivos para la productividad, pero causaron  daños a la población.

 

En el caso de los productos que se usan para el control de la sigatoka negra, en la fumigación aérea, Macías considera que son los más benignos. “Esto no significa que los productos que se fumigan por aire no sean nocivos. Pero al emplearlos de forma racional y con  protección  el impacto es mínimo“, dice Macías”.  

Otro problema que identifica este empresario es  la reticencia por parte de  los trabajadores a usar protecciones.  También aclara que los pueblos que están  en medio de la bananeras tienen  de tres a 10 años, pero las plantaciones y sus pistas de fumigación tienen más de 50.

Por esta razón cree que  se debe analizar la raíz del problema:  “¿Quiénes son los que producen los agroquímicos, los Estados que permiten la importación y las autoridades que admitieron los asentamientos humanos sobre la base de invasiones?”.

Para el propietario de  Agrosoluciones, César  Herrera, Ecuador se convirtió  en basurero químico de los productos que ya no se usan en  países desarrollados.

Pero hace notar que evitar “la fumigación aérea en el banano es casi imposible por la enorme superficie de  cultivos que suman 233 427 ha  en el país”. 

 

Rodolfo Vega, gerente de la firma de  fumigación aérea  Aerofaq,  asegura que cumple la normas exigidas por Agrocalidad y los ministerios de Agricultura y Ambiente. Amilcar Rincón,  piloto de esta empresa, añade que  “se está satanizando a la fumigación aérea”. Para él, más problema causan los químicos que se depositan al pie de cada planta en los sembríos bananeros.

 

 

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