26 de agosto de 2018 00:00

Ecuador y la diáspora judía

Al Horvat, ingeniero y pionero de la radiofonía en el Ecuador. ­Fundó en 1972 la empresa Firmesa.

Al Horvat, ingeniero y pionero de la radiofonía en el Ecuador. ­Fundó en 1972 la empresa Firmesa.

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Daniel Kersffeld (O)

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En mi reciente libro, ‘La migración judía en Ecuador. Ciencia, cultura y exilio 1933-1945’, publicado por la Academia Nacional de Historia, me propuse analizar un proceso fundamental para el país y que, sin embargo, poca atención había recibido hasta ahora.

La migración de judíos a Ecuador adquirió cualidades específicas, prácticamente únicas para el contexto latinoamericano. Si bien hubo una exigua presencia israelita en el país desde fines del siglo XIX, fue sobre todo a partir de la llegada del nazismo al poder en 1933 cuando se comenzó a dinamizar la llegada de judíos provenientes de Alemania, tendencia que sería reforzada con la aprobación de las antisemitas Leyes de Nuremberg en 1935.

Sin embargo, el factor que operaría como verdadero catalizador de la migración judía fue la Noche de los Cristales Rotos, ocurrida entre el 9 y el 10 de noviembre de 1938, y por el que grupos armados irregulares, con la colaboración de las tropas de asalto de las SA y de las SS, cometieron todo tipo de agresiones contra ciudadanos judíos en Alemania y en Austria.

Un fenómeno similar se vivió en 1938, con la aprobación de las Leyes Raciales por el régimen fascista de Benito Mussolini y la imposición de nuevas restricciones hacia una población que hasta ese momento nunca había sido cuestionada en su pertenencia a la nación italiana. De igual modo, las anexiones de la Alemania nazi a Austria y parte de Checoslovaquia, también ocurridas en 1938, obligaron a las poblaciones hebreas a nuevos desplazamientos y a la migración hacia nuevos países.

Finalmente, el comienzo de las Segunda Guerra Mundial, el 1 de septiembre de 1939, constituyó el último acontecimiento que forzó la salida de judíos de Europa, en una situación política difícil al no existir la predisposición por parte de otros países para recibir y acoger a quienes habían quedado librados a su suerte, cada vez más hostigados por el nazismo y por sus regímenes satélites, y en una condición legal altamente compleja, calificados como “apátridas” y, por lo tanto, sin documentos como pasaportes y visas que pudieran asegurar su salida de Europa y su supervivencia.

La llegada masiva de judíos a Ecuador constituye lo que los especialistas suelen calificar como una “migración tardía” incentivada, como se ha explicado, por la legislación antisemita del nazismo, por su expansión en el continente europeo y, finalmente, por el estallido de la guerra. Aquellos judíos que pretendieron alejarse del odio racial no contaron con mayores alternativas para hacerlo: solo unos pocos países como Ecuador aceptaron recibirlos cuando la gran mayoría de los gobiernos latinoamericanos había cerrados sus embajadas en los países ocupados o directamente rechazaban sus solicitudes de inmigración.

Según estudios de la Universidad Hebrea de Jerusalén, entre 1933 y 1945 arribaron a Ecuador alrededor de 3 200 judíos. La mayoría de ellos eran alemanes, austríacos y checos y, en menor proporción, se contaron también rusos, franceses, polacos, rumanos, húngaros, etc. En tanto que un grupo llamativo por su sentido de unidad y su capacidad de inserción en Ecuador fue el constituido por los judíos provenientes de Italia. Pero más allá del número y de los lugares de procedencia, lo que más llama la atención en cuanto a este contingente de emigrados es la alta proporción de judíos destacados en sus países en los campos científico, cultural y artístico o en las diversas profesiones liberales.

Paul Engel, médico y escritor de origen austriaco;  Olga Fisch, investigadora sobre folclor ecuatoriano y coleccionista y Julius Zanders quien introdujo el estudio veterinario en el país.

Paul Engel, médico y escritor de origen austriaco; Olga Fisch, investigadora sobre folclor ecuatoriano y coleccionista y Julius Zanders quien introdujo el estudio veterinario en el país.


Pronto Ecuador se nutrió de arquitectos, geólogos, químicos, ingenieros, farmacéuticos, físicos agrónomos, matemáticos, abogados, novelistas, editores, médicos, dramaturgos, veterinarios, arqueólogos, músicos, pintores, antropólogos, psicólogos, etc. Varios de los inmigrantes, incluso, contribuyeron a impulsar especialidades o, directamente, fundaron áreas del conocimiento tan diversas, como endocrinología, radiología, farmacología, parasitología, derechos de autor, periodismo de investigación, teatro experimental y sistema previsional para los futuros jubilados y pensionados del Ecuador. En su mayoría, se trataba de inmigrantes con un alto nivel cultural y educativo, en algunos casos, miembros de élites intelectuales, que habían estudiado y trabajado en las universidades, ­laboratorios, hospitales, empresas y en los estudios jurídicos más importantes de sus países de origen.

Como se puede apreciar, la llegada de este conjunto de inmigrantes judíos fue vital para el Ecuador en cuanto a las aportaciones concretas llevadas a cabo, muchas veces, de manera intuitiva o experimental y que en algunos casos, implicaron un verdadero salto hacia la modernidad. Se trató de una nueva élite científica y cultural que, en pocos años, lograría insertarse en el país para cumplir con demandas específicas de investigación, formación y desempeño profesional y académico en general. Por supuesto, y en muchos casos, este camino estuvo coronado por el éxito, tanto en lo profesional como en lo comercial, pero también debemos tener en cuenta aquellos fracasos y derrotas personales que, una vez terminada la guerra, determinaron una importante migración de judíos hacia Estados Unidos, a los países europeos y, ya a fines de los cuarenta, hacia el nuevo Estado de Israel.

Más allá de todas las aportaciones realizadas, conviene analizar a este particular fenómeno de la migración judía como un acontecimiento de la máxima importancia para la redefinición de los marcos sociales del Ecuador y para repensar los términos de su propia conformación como nación.

En este sentido, y tal como lo revelan múltiples testimonios, es imposible negar el enorme choque cultural que existió entre ecuatorianos y extranjeros. Aun con todas las dificultades que supusieron, para unos y otros, las diferencias idiomáticas, religiosas y culturales, la inmigración judía contribuyó a ampliar los términos de una nación que hasta ese momento poseía, de manera prácticamente excluyente, una matriz hispana y católica.

Pese al corto período de doce años, entre 1933 y 1945, la presencia de un amplio conjunto de judíos, que además se destacaba en la ciencia y en el arte, aportó un proyecto de modernización al país y una noción concreta de apertura y de cosmopolitismo, en tanto que por primera vez un colectivo extranjero se asumía en Ecuador en su nueva condición del exilio impulsado por la enorme tragedia del Holocausto.

De esta manera, la inmigración judía implicó para el Ecuador mucho más que aportes científicos y artísticos: posibilitó la construcción de una sociedad mucho más plural, democrática, tolerante, respetuosa e incluyente frente a las diferencias. En suma, facilitó la construcción de una nación más abierta y sin fronteras frente al otro y a la alteridad.

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