7 de abril de 2019 00:00

Desasosiego nos alecciona

Jaime Tamariz posa en el recibidor del Microteatro GYE del Malecón del Salado, espacio de teatro breve que fundó en 2014 y alentó un circuito de salas alternativas en Guayaquil. Foto: Mario Faustos / EL COMERCIO

Jaime Tamariz posa en el recibidor del Microteatro GYE del Malecón del Salado, espacio de teatro breve que fundó en 2014 y alentó un circuito de salas alternativas en Guayaquil. Foto: Mario Faustos / EL COMERCIO

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Alexander García
agarciav@elcomercio.com

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Harold Pinter, Tennessee Williams y Dale Wasserman, dramaturgos de lengua inglesa, indagan en sus obras en los abismos de lo desasosegante, cada quien con sus matices, como si en sus historias alcanzaran tonos distintos “con la misma paleta de colores”, según observa Jaime Tamariz.

El actor y director de teatro guayaquileño ha dirigido grandes piezas de esos autores que parecen enfrentarnos al desasosiego como si lo hicieran por nuestro propio bien.

¿Qué es lo primero que le viene a la mente cuando le hablo de desasosiego?
Me parece curioso que elijas ese concepto, porque es una sensación extendida en el mundo contemporáneo, esta sensación de inquietud que puede haber en torno a lo que va a pasar. Me llama la atención lo que pasa en el mundo respecto de la crispación mundial, a las victorias de los populismos o a la ascensión de las extremas derechas.

¿La inquietud es una de las claves de este tema?
Son temas que nos inquietan y que nos afectan aunque no lo parezca, uno piensa que lo que está pasando en Siria no nos afecta y de hecho lo hace, de una u otra manera. Mira el caso de Venezuela. El mundo es muy pequeño hoy en día.

Esto aumenta estos sentimientos de ansiedad, de intranquilidad...
El desasosiego es algo que nos quita la paz o que nos intranquiliza. Y estas realidades de la política internacional, que podríamos extrapolar a nivel nacional, lo hacen.

¿Y a un nivel personal?
Hay ciertas angustias, ansiedades, todo el mundo las tiene, son parte de la vida, yo he trabajado mucho en la concentración, mi entrenamiento como actor siempre ha estado orientando a ello… Como artistas muchas veces nos metemos en investigaciones sobre un tema o a indagar en personajes que pueden resultar muy complejos y densos y trágicos, y permean la vida personal de forma inevitable. Los actores trabajamos en la gestión de esas emociones, en cómo descargarte de ello, yo lo aplico para toda mi vida. Y es verdad que todo nuevo personaje siempre resulta inquietante, el tránsito puede ser muy doloroso y complicado…

¿Lo incierto es una cara de lo desasosegante?
Claro. Sin embargo, y lo sigo planteando desde el trabajo actoral, hay algo que es el motor que hace que los artistas sean capaces de atravesar estos procesos, que es esa fe. Hay una fe en la creación, en poder crear algo. Y creo que eso es fundamental, es una especie de energía atómica dentro de la maquinaria del artista, porque es la que funciona desde el sí, desde la posibilidad. Y está ligado a la concentración porque implica que puedas saber qué voz escuchar dentro de tu cabeza, porque muchas ‘voces’ o pulsiones siempre hay, y tienes que saber a cuál hacerle caso.

¿La ansiedad vendría a ser el infierno constante del desasosiego?

Totalmente, vivir adelantado, a otra velocidad, o presa de esa incertidumbre. Hay hasta una nueva fobia a estarse perdiendo lo que está pasando en algún lugar...

¿A qué atribuirlo?
Mucha de esa inquietud y ese desasosiego de nuestro tiempo tienen que ver con una vida extremadamente proyectada en la mente. Todas las relaciones por teléfono y redes sociales son procesos mentales. A mí me sirve dedicarle tiempo a actividades en las que pueda acallar mi mente, dedicarle tiempo al cuerpo. Hacer ejercicio media hora al día me ayuda mucho a concentrarme, es un momento que le dedico a mi cuerpo, y en el que le digo a la mente: cállate. Ahora no se trata de ti, no voy a estar con el teléfono móvil ni pensando en mí, en el trabajo o en el mundo, en ese momento toda mi energía es para mi cuerpo. Hay otra realidad que es este cuerpo carnal, al que hay que darle un espacio de cuidado. Y creo que eso también ayuda a disciplinar a la mente.

El arte, el teatro se relacionan muy a menudo con lo desasosegante...
He escuchado la premisa de que el teatro tenía que incomodar -parece que se ha convertido en una especie de meta- pero no estoy tan seguro de eso, no creo que la gente vaya al teatro a pasarlo mal, quieren tener una experiencia ¿agitadora?, sí. ¿Cuestionadora? También. Pero no necesariamente algo en lo que tenga que sentirme incómodo, en algún momento puede ser un objetivo y está bien, pero no tiene que ser ‘El objetivo’. Creo que lo preponderante tiene que ser la calidad de la experiencia, lo transgresora que pueda ser, donde podamos trasgredir como artista y mover al público con las cosas que importan y que nos movilizan.
Además, trascender en el sentido de que pueda descubrir algo sobre mí, entender algo sobre una situación, acercarme a un tema y conocerlo…
Incluso en obras familiares y en musicales como las que he dirigido.

Pienso en obras que ha dirigido como ‘La marquesa de Larkspur Lotion’ y ‘La gata sobre el tejado caliente’, de Tennessee Williams, tan desasosegantes…

Era un dramaturgo que no me llamaba mucho la atención, pero en Madrid me movió mucho escuchar los análisis de sus obras de Agustín Alezzo, el director de teatro y maestro de actores argentino. Son obras que vistas de una forma muy superficial podrían parecer grandes telenovelones, porque todo pasa en familia, en ambientes muy íntimos, pero además son personajes que están en situaciones terribles, extremas . Una de las cosas que me enseñó Tennessee Williams es que uno a las personas que más ama es a las que más hiere, es el poder de la intimidad.

¿El desasosiego como tema artístico puede resultar aleccionador?
Decía Alejandro González Iñárritu cuando hizo ‘Babel’ (2006) que había hecho la película porque solo cuando la gente estaba en una situación de dolor extremo es cuando era realmente honesta y cuando realmente se encontraba de verdad. Tennessee Williams, por ejemplo, hace una crítica feroz contra la idealización de lo que tendría que ser la sociedad, la familia y las personas, presenta personajes que lo han perdido todo o están a punto de perderlo, en una situación muy extrema. Y eso ayuda mucho a crearnos una idea de qué es lo realmente importante en la vida, es la función del desasosiego en esas obras.

¿Hay belleza en el desasosiego? ¿Cree que contiene una verdad mayor?Hay una especie de desnudez. Y hay una poética, como la belleza que puede tener un blues triste.

Jacques Lacan decía, respecto de la angustia, que es un afecto que no engaña, el único afecto que no se presenta disfrazado, desplazado o invertido. Es decir, que es diferente al amor, al odio o la ternura, por ejemplo, porque plantea otro tipo de relación frente al otro...
Sí. Pero es también una forma de trampa mental, porque somos incapaces de desprendernos de un problema o de una situación, que nos condiciona inevitablemente.

¿La angustia o el desasosiego serían algo así como la única manera genuina de pensar el yo, según Lacan?
Claro, pero ahí también está una especie de dispersión que encuentro en todos estos sentimientos de los que hemos hablado que prefiero verlos como cosas que tengo que controlar, porque aunque parezca que te muevan, creo que más bien te paralizan, no permiten superar, ver desde lejos, tomar perspectiva. Muchas veces hay que alejarse de los problemas para tomar perspectiva de las cosas, definir prioridades y valorar cosas que no estaba valorando.

El dolor parece determinarnos. ¿Cree en aquello de que es necesario al menos un poco de dolor o inquietud para evitar que la mente humana colapse?
El dolor es inevitable y la paz total es utópica. Para el arte es necesario el conflicto y para la evolución de la vida, también. La paz es una constante búsqueda, como la felicidad, son cosas que se tienen que ir construyendo todos los días, y que son tan frágiles...

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