5 de September de 2010 00:00

Prohibido pensar

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Diego Pérez Ordóñez

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Por órdenes superiores y mientras no se disponga otra cosa está estrictamente prohibido pensar. Queda absoluta y completamente vedado discernir y/o discrepar. No se puede tener una opinión distinta. No hay lugar para la disidencia o para la crítica de ninguna naturaleza. No, en ningún caso. Cuidado. Cuidadito.

Hay que acatar y cumplir a rajatabla. Agachar la cabeza y poner la otra mejilla. En ningún caso se podrá desobedecer las órdenes impartidas por la autoridad siempre competente. No se podrá discutir. No se podrá tener distintos puntos de vista. Estarán estrictamente fuera de la ley cualquier manifestación de independencia, cualquier signo de autonomía o de descentralización, cualquier resquicio de emancipación y/o manumisión. Será reprimido el más leve intento de pensamiento crítico, por neoliberal, antipatrias, antibolivariano, agente de la CIA, portador de oscuros intereses, imperialista, neocolonialista, pitiyanqui y antipopular (la lista sigue). Será ignorada la más insignificante y trivial tentativa de salir del sistema, de romper el molde, de cavilar fuera de los cánones de lo establecido, de salir de los manuales de lo políticamente aceptable. Cualquier idea nueva será vapuleada. A quienes no hablen de colectivos, veedurías, y generación de espacios se los tendrá por no existentes. Punto. Cambio y fuera.

Dentro del Estado todo, fuera del Estado nada. No se debe admitir fugas del sistema, zonas grises donde no se siente y se imponga (si es necesario, por la fuerza) el imperio incontrastable e indiscutible del paquidérmico y ruginoso armatoste estatal. La maquinaria pública deberá aplanarlo todo, arrasar lo que se cruce por enfrente, a cualquiera que ose ponerse en su camino hacia la salvación, hacia un nuevo amanecer, hacia la redención del paraíso (tan temido). Cualquier iniciativa privada debe ser demolida hasta los cimientos, cualquier migaja del antiguo régimen, barrida al tacho del olvido. Refundar y castigar.

Brillará la verdad oficial por sobre todas las cosas. No deberá haber lugar para otras verdades, para las verdades mediocres, para las inexactitudes y las distorsiones de la prensa que pretenda renegar del freno de amanse, del cada vez más apretado corsé imperial. Hay que creer solamente a pie juntillas en las cifras públicas, en las estadísticas oficiales, en las verdades reveladas de la omnipotencia. Resplandecerá y fulgurará el poder a toda costa. Mientras más poder, pues mejor.

Así funciona en pocas palabras, inocentes y cada vez más escasos y escasas lectoras y lectores, el sistema talla-única, la horma en la que estamos plácida y psicotrópicamente encastrados hasta quién sabe cuándo.

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