Grace Jaramillo

Tras piedras, palos

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Domingo 08 de julio 2012
8 de July de 2012 00:01

Estamos acostumbradas al machismo en el Ecuador. Demasiado acostumbradas diría yo. Según EL COMERCIO, la asambleísta María Soledad Vela de Alianza País pidió a sus compañeros asambleístas que por favor se pongan en los zapatos de una mujer violada y que no la obliguen a llevar adelante su embarazo… En pleno siglo XXI, el derecho básico de la mujer sobre su cuerpo y su futuro todavía se pide con temor, con vergüenza y hasta con ruegos. Siempre se pone por delante fundamentalismos religiosos sobre en qué momento comienza la vida, y se olvidan por completo de otra vida, la de la madre. Y son –como siempre- los hombres los que nos dicen que “no lo van a permitir jamás” o que no puede pasar la despenalización del aborto, ni siquiera para casos de violación, porque “las mujeres argumentarán una violación para abusar de ese derecho”. Cómo se nota que no entienden nada. Cómo se nota que ni siquiera tienen la generosidad mínima para acercarse un poco a lo que pasan las mujeres, especialmente las más vulnerables, - niñas y adolescentes- en este país. Cómo se nota que no tienen una idea de lo que pasa en barrios marginales y no tan marginales con padres borrachos, tíos, primos, amigos o conocidos que violan mujeres y las dejan embarazadas. Sí señores, con su decisión están aupando el peor de los crímenes, el incesto, y de paso el estigma de tener de por vida un hijo resultado de estas perversiones sociales que pasan todos los días.

Para el señor Panchana debe ser muy simple el tema de la adopción. ¿Sabrá qué porcentaje de niños no son adoptados, sino que vagan por las calles de la ciudad, los orfelinatos o aún peor, por hogares donde se convierten en cuasi-esclavos o mendigos obligados? Me gustaría saber también si los asambleístas han tomado en cuenta los meses de trauma sicológico y físico que significan llevan en el vientre a un ser producto de una violación. Su decisión sólo está condenando una vida en proceso –la de la madre- a una tortura permanente, absoluta, irresoluble, donde nunca reciben ni el estado ni los fundamentalistas aportan ayuda.

Como siempre, los argumentos, las apelaciones de género, son vanos. Ahora como siempre se impone el egoísmo de pensar que las obsesiones religiosas son más importantes que los seres humanos y por supuesto más importante que la vida de las mujeres. Las mujeres son concebidas como simples reproductoras no como seres plenos. El embarazo nunca debería ser impuesto ni por el Estado, ni por la sociedad. Menos aún cuando es producto de un acto de violencia frente al cual el estado no está ni en capacidad ni en posibilidad de hacer nada. Penalizar la terminación de un embarazo ya es en sí mismo una aberración, producto de una sociedad machista y llena de violencia, peor aún penalizar a la mujer que ha sido víctima de un acto de violencia. Es entonces cuando la aberración se convierte en perversidad.