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Viernes 05 de octubre 2018

Sus motores rugen, particular silbido que anuncia el paso de la gran masa sobre ruedas. No es uno, pueden ser dos o tres sobre el asfalto de la ciudad. No es simplemente una estructura metálica, es el transporte de seres humanos encerrados y sin control alguno, cuyos pensamientos no podemos adivinar. Buses de transporte público al servicio de la comunidad, pero sin responsabilidad alguna sobre la labor que desempeñan. Su deficiente servicio e incapacidad de cumplir la ley es ampliamente conocida y, desgraciadamente, aceptada hasta por la misma autoridad de tránsito, que se ha dado por vencida demostrando inoperancia. ¿Son cómplices? El silencio y la ceguera son convenientes, simplemente no tienen la capacidad de cumplir con su obligación. La AMT pierde y los transportistas ganan espacio anárquicamente.

El caos es total en las avenidas, aunque los transportistas deben circular por el carril de la derecha por obvias razones y respetando un límite de velocidad, su poder no respeta al resto de vehículos,peatones y menos a quienes pagan por sus servicios.

Triunfo sobre la autoridad. Los agentes y directivos de la AMT perdieron estrepitosamente la batalla en el cumplimiento de la ley. Las avenidas y calles son la pista de carreras en la que su poder y osadía se prueba y comprueba. El semáforo rojo no tiene significado para esta clase. Sabe que su volumen inspira miedo en los autos de menor tamaño atentos al paso de los falsos reyes o las consecuencias serán fatales. Por su tamaño físico el abuso de las vías, las señales y el rompimiento de la ley ante la absoluta falta de control, parece normal.

La Agencia Metropolitana de Tránsito que debía reemplazar a la Policía de Tránsito, cuya capacitación, creación de uniformes costó y cuesta mucho a la capital, por lo tanto, a los ciudadanos en impuestos, perdió su vigencia a los pocos años. Sus agentes son solo figuras, con celular en mano y atentos a sus propias pantallas, antes que, al caos vehicular, exceso de velocidad e insoportable contaminación que producen los transportistas. Quienes, con licencia profesional y capacitación especial, supuestamente con revisiones mecánicas, no tienen respeto alguno por el ser humano y menos por la ley. ¿Complicidad entre transportistas y autoridades de tránsito? La duda está vigente ante la sordera, ceguera y quemiportismo de las fuerzas de control.

No faltan videos ni cientos de fotos de las cámaras ciudadanas en redes sociales ni la robótica respuesta de la AMT: un insulto descarado a la inteligencia ciudadana que, con pruebas, denuncia las contravenciones de los vehículos de transporte. ¿Hasta cuándo el abuso? ¿Hasta cuándo debemos soportar la comodidad de la autoridad? La ciudad debe ordenarse, su transporte público debe modernizarse, no en su estructura, pero sí en su actividad y cumplimiento de la ley. Existe un carril para transporte público y un límite de velocidad, preexiste un protocolo de paradas y de cómo cargar y descargar pasajeros, no es novedad. La primicia, es que la AMT perdió la batalla y el libertinaje se practica con toda tranquilidad y confianza por parte de los transportistas.