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Miércoles 12 de junio 2019

Lo veo en su última morada: un féretro de madera rústica -fue su voluntad- sobre el suelo de su Posada de la Soledad. A su alrededor, familiares, vecinos, amigos, mujeres, hombres de su pueblo, la humanidad que tanto amó. Apenas se vislumbran patéticas sombras de políticos, ningún marchante, menos publicistas ni poderosos.
La escena me luce arrebatada de una de sus obras, acaso la más doliente y a la par “demasiado humana”. Luces, opacidades y aflicciones que traman sus obras cayendo sobre él. ¿Llovió ese día? Su Posada exhalaba olor a tierra mojada, a romería convocando a la esperanza, a multitudes lidiando por un mejor mañana, porque Eduardo creía que algún día la humanidad llegaría a alcanzar su nombre. “Tú hueles a tragedia tierra mía,/ Y sin embargo, ríes demasiado/ Acaso porque sabes que la risa/ Es la envoltura de un dolor callado”.

¿Influían en esta convicción las postulaciones éticas del socialismo de las que nunca abdicó? Estoy seguro. Antidogmático, agnóstico, tallado en metal noble y bueno, los seres humanos fueron su único credo. Sin alardes ni estridencias, sin pirotecnias visuales o verbales sin rendirse ante el poder y sus siniestros rostros, levantó su creación plástica, una de las más trascendentes del realismo social latinoamericano.

Otras ocasiones lo recuerdo (re-cordar: “volver a pasar por el corazón”) apasionado, libertario, erguido ante las oleadas irrevocables del tiempo. Magnánimo con quienes lo ofendían -ante la eminencia de su obra, urdían embustes para eclipsarlo-. Solidario hasta el exceso de malbaratar su obra. Jamás negó su mano: un dibujo, una acuarela, un óleo. Kingman no tenía idea del dinero y esta es una aserción, no un ditirambo ni una hipérbole.

Iba y venía Kingman por su estudio, tejiendo sueños sin tregua, su sempiterna sonrisa desdeñosa y socarrona alumbrándole el rostro, el cigarrillo y la taza de café a mano, como para afanarle a la muerte o mofarse de ella, omitiendo las prohibiciones de sus médicos y las de Bertha, su compañera y vigía.

Cada vez, eso sí -los ciclos de la vida que son los del sueño que seremos-, aparece más delgado -la misma imagen que preservo para nuestro Padre y Señor Don Quijote-, pero su entrega por un arte de vida, las vastas raíces que registra su obra más padecidas, sobrevividas, y su propuesta más sabiamente resuelta: desgarro y poesía; caída y retorno; testimonio, condenación y levantamiento.

Cuando niño vio a su madre usando sus manos para represar sus penurias. A partir de allí, sus manos desmesuradas, ímprobas, tremendas, no solo se apoderaron de su arte, sino que él mismo las llevaba uncidas a su cuerpo como el signo inconfundible de su genio y su pujanza.

Y porque la muerte es mentira y solo el amor es verdad, lo hallo frente a mí, el cigarrillo traveseando entre sus labios, angustiado porque su amigo de siempre concluya estas palabras para retornar a su Posada a seguir dibujando y pintando el horror y la hermosura de vivir.