Una papeleta larga y pocas propuestas

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Jueves 10 de diciembre 2020

La formulación, proclamación, inscripción, reparos y apelaciones de los binomios presidenciales ha supuesto para el país una larga peregrinación que está a punto de finalizar en pocos días.

Todo un desconcierto propiciado por una ley enredada y un procedimiento de ir y venir y de tramitología engorrosa, que poco se parece a la madurez democrática que a esta altura, con más de 40 años de gobiernos civiles, el Ecuador debiera tener.

Caminamos para atrás. Ahora hay intentos de descalificar partidos inscritos hace tiempo con la aprobación de firmas de dudosa legitimidad.

Un pronunciamiento de la Contraloría, aceptado por el Consejo Nacional Electoral luego fue desestimado por el Tribunal Contencioso Electoral, el cual obliga a registrar a esos partidos y movimientos.

Intentos de inscripción candidaturas a quienes no pueden ser candidatos y, claro, en torno a eso mucho ruido y pseudo inscripciones virtuales, muestran el caos reinante y que tiene en vilo el calendario.

Luego de alcanzar una gran notoriedad por el trámite de inscripción descrito, lograron instalar nombres de candidatos desconocidos para el país en el pináculo de la conversación en la calle y en las redes sociales.

Pero a más de la tardanza obligada por las circunstancias en la impresión de la larga, casi eterna papeleta, cuando todavía falta sustanciar de modo definitivo la participación o no de un candidato final que insiste por todos los resquicios para volver a presentarse, hay otros aspectos fundamentales para el futuro.

Es tiempo de que la opinión pública exija a los aspirantes a ocupar el Palacio de Carondelet, dejar la demagogia y la propuesta barata de lado y centrarse en lo fundamental.

Propuestas serias, realizables; hablar de sostener la dolarización, de los acuerdos internacionales, de una economía abierta, de la generación de empleo, de la lucha contra la corrupción, de derrotar la inseguridad, plantear cambios profundos en salud y educación con sentido social, y alejarse del acostumbrado discurso de tarima sin sustento. Es una urgencia de la crítica hora que vivimos.