Guido Calderón

Sexo incluido

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La Generación X -nacidos entre 1961 y 1979- fuimos forjados para soñar y construir una “Familia”. Nacimos idolatrando a nuestros padres y envejecemos adorando a nuestros hijos. Toda la publicidad y la ola televisiva que moldeó nuestros raciocinios, vino de estereotipos de Familias, como Daniel Boone, la Familia Ingalls con su Casita en la Pradera y hasta en dibujos teníamos a los Supersónicos que nos mostraba la familia del futuro. Pero la Generación de los Millennials, nacidos entre 1980 y el 2.000, parece que no contempla la existencia de las familias como nosotros las concebimos.

El mundo y nuestras vidas giraron alrededor de satisfacer las necesidades familiares: terrenos, casas, urbanizaciones, servicios básicos, línea blanca, autos; todo este conjunto fue el principal generador de empleo, tecnología y riqueza. La casa es festejada como el gran logro de nuestras vidas y el éxito se mide con la casita de campo o en la playa, donde la familia se reúne en fechas importantes.

Los Millennials han crecido con todas las comodidades que no tuvimos pero trabajamos por dárselas, son condicionados por todo el abrumador ecosistema tecnológico para viajar y su status no se mide por casas o coches, sino por kilometraje y experiencias, mientras más lejanas más valoradas, dependiendo de lo exótico, caro o desenfrenado de los sitios visitados.

Con mayor contundencia se les vende la idea idílica que la vida es viajar y viajar, no es necesario trabajar, peor hacer familia y mucho menos adquirir una casa que les ancle; cuando hay todo un mundo por recorrer. Son populares bloggers que cada semana cambian de continente y visitan sitios hermosos, indicando lo formidable que es estar allí.

El mundo económico ya no tiene por prioridad construir casas para hogares, sino hoteles de todo tipo que vende experiencias inducidas a través de los smartphones según los gustos que se informa al big data en cada clic. Si buscamos una foto de una playa, seremos invadidos de publicidad que nos muestran imágenes de jóvenes sonrientes, con poca ropa y licor en la mano, como los hoteles tipo Ibiza, que ya llegaron a Centroamérica a ofrecer licor y fiesta las 24 horas, con sexo incluido por supuesto.

La frustración y depresión de los Millennians va en aumento. 15 días de vacaciones al año, es una miseria. Muchos buscan trabajos temporales para, con poco dinero, ir a destinos baratos y hoteles baratos son el mayor peligro para quienes, mochila a la espalda, quieren vivir experiencias. Un viaje tiene como esencia un final y un retorno, en el caso nuestro: a casa, donde nos espera la familia. Pero los Millennians no tendrán familia esperándolos, porque no la desean, no la valoran, no la han construido y la que les va quedando –nosotros- tenemos los días contados.