Guido Calderón

Turismo ancestral

Nadie escoge a sus padres, ellos no eligieron sus antepasados y ninguna nación elige sus ancestros, excepto Ecuador; donde valoramos los saberes ancestrales indígenas y proscribimos nuestras raíces hispanas, convictas por provenir de invasores que impusieron su lenguaje y un sistema de explotación de recursos. Jactarse del ancestro indígena es aplaudido; alabar el ancestro español, puede motivar un juicio por odio o racismo.

En 1520, en Yahuarcocha -lago de sangre- 6 años antes del arribo de los españoles a Ecuador, unos 40.000 caranquis -sucesores de los invasores Karas-, cayambes y otavalos, fueron decapitados y despellejado su líder: Pintac, con cuya piel los Incas -que impusieron el kichua- hicieron un tambor. Estos exterminios no son repudiados.

En 1532, en Cajamarca – Perú, 180 españoles mal armados masacraron a 6.000 guerreros y capturaron a Atahualpa junto a 7.000 guardias. Hoy, 180 soldados con ametralladoras no podrían derrotar a 6.000 enemigos armados con palos. Los españoles jamás habrían dominado a los pueblos de aquella época sin el apoyo de indígenas que fueron sus guías, milicias, rastreadores y ejecutores de sus coterráneos. Esto no se recuerda.

A pesar del repudio a la hispanidad, 80 millones de personas acuden cada año a España por su exquisita cultura, mezcla de invasiones de Celtas, Fenicios, Griegos, Romanos, Visigodos y Musulmanes que, desde el siglo VII hasta el XV, por más de 700 años impusieron sus leyes y saquearon sus recursos; sin embargo, los españoles de hoy arguyen: “los árabes enriquecieron la cultura hispana”.

Nuestros saberes ancestrales indígenas están mezclados con los hispanos y subsisten los escritos en castellano; todo patrimonio oral anterior, sufre distorsiones afines a la dinámica del “teléfono dañado”: el mensaje oral inicial dado al primer participante, llega desfigurado al décimo. En el 2034 serán 500 años de la llegada de los españoles a Ecuador y ya son 199 años de la expulsión de sus ejércitos; pero se habla de 529 años de resistencia.

Espiritualizamos a unos ancestros y satanizamos a otros, a la “madre patria” la despreciamos a pesar de hablar su idioma, profesar su religión y llevar sus apellidos; vandalizamos sus estatuas, condenamos los crímenes liderados por españoles, pero encubrimos el genocidio de invasores indígenas y sus cómplices locales.

Nadie eligió nacer en Ecuador, pero unos grupos de ecuatorianos han decidido por todos nosotros, de cuáles ancestros sentirnos orgullosos y a cuáles repudiar. ¿Amo a mi padre y odio a mi madre? Ver el pasado por el tubo de la exclusión, tal vez permita armonía con las montañas, pero no con quienes compartimos estas mismas tierras y mismos ancestros. El pasado no se borra por partes. Ojalá en 100 años los ecuatorianos del futuro no repudien sus antepasados, que no pudimos sacar este país adelante, porque en vez de ecuatorianos, primó ser sucesores de las tantas culturas que han transitado estas tierras.

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