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Martes 29 de diciembre 2020

Sábado de tarde. Preparo el pavo de mañana domingo y el del próximo jueves 31 de este año de nuestros vacíos, que es una sola y la misma ave: ¡somos tan pocos ahora, entre desconfinados dominicales o ‘juevesinos’ en quienes confiar! Mi pavo es una pavita, aunque no muy pequeña, así que durará. Pavo sobre pava nos cansaremos y volveremos a vivir tras el alivio de esa ingestión anual, por poco, obligatoria durante quince días, porque ya comimos el pavo de nuestra hija que fue con su pequeña familia a pasar Navidad en la Cuenca de nuestros recuerdos y no quiso dejar de invitarnos antes del viaje a su muy rico pavito de despedida –ese sí, pavo, pavo-. ¿Cómo lo logró? No sé.

Se acaba el año y con él, la pavada de pavo o pava y volveremos a la vida ordinaria felizmente despavados. ¿Han notado que el pavo, lo haga quien lo haga, se adorne como se adorne, es siempre igual a sí mismo en olor y sabor, y nosotros, los mismos ingratos de siempre sobre su ingesta? No he logrado hasta hoy comer un pavo que me sepa al riquísimo pollo oriental con naranja y pimientos amarillos, ¿o soy yo quien no logra dar a la pavita sabor a pollo con naranja? ¡Qué desilusión!

Escribo después de haber producido en toda la mañana y con al menos diez ingredientes distintos, debidamente licuados y salados, adobos y primores. Logré la ‘marinada’, ‘adobo líquido compuesto de vino, vinagre, especias, hierbas, en el que se maceran ciertos alimentos, especialmente pescado y carne de caza, antes de cocinarlos’, para inyectar al pavo de mis pesares. ‘Pescado y carne de caza’, aunque mi pavo no puede ser más doméstico: otra acepción por enmendar en nuestro DLE. ‘Marinada’ tampoco corresponde al tiempo en el que, en casa de los abuelos, emborrachaban al pavo con aguardiente antes de cortarle el pescuezo, y nosotros lo veíamos trastabillar en el patio o la terraza mientras el trago comenzaba su adobo desde dentro, porque desde afuera es casi imposible conseguir que el pavo tenga sabor que no sea a pavo. (Bajo un segundo a la cocina a reinyectar el adobo a mi pavita, procedimiento menos cruel que el de la ebriedad y el degüelle).

¡Qué grata sensación de libertad la de contarles en este último artículo del año mi aventura culinaria tan femenina (aunque los gastrónomos me eclipsen con su gorro blanquísimo y su sonrisa óptima) y a pesar del pesar de nuestras dos indecibles pandemias: esta que nos confina y la peor, nuestra engrillada pandemia política!

Conozcamos el prestigio de la alta ‘toque blanche’, ‘toca blanca’ que lucen los cocineros y que, en su origen, tenía cien dobleces para significar la experiencia del chef que la llevaba. ‘Toca’ significa también ‘sombrero con ala pequeña o casquete con que adornan su cabeza las señoras’, aunque nada que ver con la cocina, eso sí, no, decimos en nuestra tierra ecuatorial, tan intraducible para los demás como evidente para nosotros…

¡Feliz año nuevo, con pavo o con pava o sin pavo ni pava –no se pierde mucho-. A todas, a todos!