Simón Espinosa Cordero

De la cuna a la mortaja

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Domingo 22 de julio 2018

“En brazos de una doncella un infante se dormía”. En brazos de Madeleine Pinargote “un infante se dormía y en su lumbre parecía sol nacido de una estrella”. Apenas parida, recibió Madeleine a un mensajero de Herodes Rex. Le anunciaba la cancelación del cargo de jueza de Garantías Penales de Guayaquil, por orden de un tal doctor Gustavo Jalkh, quien cantaba “Gloria a Rafael en las alturas y paz a los jueces de mala voluntad”.

Esto, lo oí con mis oídos que han de oír las trompetas del Juicio final en el valle de Nayón. “La trompeta, esparciendo un sonido admirable por los sepulcros de todos los reinos, reunirá a todos ante el trono”. Lo oí de boca de la jueza manabita, menudita, de acero inoxidable, que contaba sus pesares a un grupo de cincuenta jueces compañeros de agobio, en la mañana del 6 de julio de este año de nuestro Salvador, Jesús de Nazareth, quien, conmovido ante los asaltos a los campesinos de Galilea, les decía con autoridad y voz potente “Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados y yo los aliviaré”.

Y fueron a él, porque, cuando los abusados de la Tierra se juntan para conversar y tomar decisiones, ahí está el poder del Absoluto, el fuego de la Zarza Ardiente quemando las debilidades de Moisés para transformarlo en el poderoso Luchador que fascinó a Miguel Ángel y perturbó a Freud el perturbado. Reunidos en la sala “Las Carabelas” del Hotel Colón, se pusieron a navegar hacia un Frente Ciudadano de Operadores de la Justicia, descabezados por haber seguido la voz de la conciencia y haber dicho No, al Poder que degrada; No, a la Bestia que devora.

Estos profesionales se habían reunido para limpiar a la Justicia convertida en la Gran Prostituta de Babilonia; para convertirla, mediante esfuerzos académicos y formación rigorosa, en cimiento perdurable del Estado. Sin Justicia no hay Democracia. Sin Seguridad, hay tan solo Tiranía.

Estaban allí para exigir al Consejo de la Judicatura que analice el caso de cada uno de los 300 jueces sacrificados por la Bestia Apocalíptica. Y para que, a quienes hallare vestidos con la blanca túnica de la inocencia, los reintegre al servicio de la Justicia, les pague los haberes propios no cobrados, les restituya el honor mancillado, les infunda el soplo de la vida.

Señor presidente del Consejo de la Judicatura, dé audiencia personal a estos humillados y ofendidos, que, luchando por sus derechos, luchan para que usted renueve la Justicia, y se limpie el honor de Gustavo Jalkh, si ellos son culpables y él, un ángel de Luz.

Madeleine, la cuna. Daysi Aveiga, la mortaja. Esta, con una trayectoria impecable, fue atacada por la Bestia, y se encerró en su casa con el perro negro de la depresión, y se dejó morir. Sus hijos sin ayuda y “el mundo sigue andando”