21 de octubre de 2018 00:00

Los talentos del fútbol llegan desde los 11 años a Quito

Los jugadores menores de 12 años se entrenan en las canchas de Chillo-Jijón. Foto: Fotos: Diego Pallero / EL COMERCIO

Los jugadores menores de 12 años se entrenan en las canchas de Chillo-Jijón. Foto: Fotos: Diego Pallero / EL COMERCIO

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Álex Puruncajas

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Jugadores de 11 años del Independiente del Valle buscan al psicólogo en la residencia del extenso complejo deportivo del club, en Sangolquí. Le hacen preguntas sobre sexualidad. Algunos le cuentan que extrañan a sus familiares y amigos.

Son inquietudes usuales de los preadolescentes que viven en un entorno nuevo, en el complejo deportivo. Desde los 11 años, los talentos futboleros dejan a sus padres, familiares o personas con quienes viven en ciudades de Esmeraldas, Guayas, Los Ríos, Manabí, Sucumbíos, Imbabura… Vienen con la ilusión de convertirse en futbolistas profesionales, un propósito que puede tardar hasta nueve años o no cumplirse.

Independiente, Liga Deportiva Universitaria, El Nacional, Aucas y Universidad Católica los acogen en sus residencias. Estos clubes albergan a unos 80 chicos, de entre 11 y 12 años. El club rayado y el albo son las principales canteras de futbolistas. El cuadro negriazul y LDU tienen 20 jugadores cada uno, de la categoría Sub 12.

En las residencias, los preadolescentes se enfrentan a un nuevo entorno y a normas disciplinarias. A los más pequeños les cuesta adaptarse a las nuevas normas. En Independiente, los talentos no pueden presentarse con chancletas a las horas de las comidas. También deben cuidar su aseo personal.

El desarraigo, al dejar sus lugares de orígenes, se aplaca con un nuevo ambiente, donde se fomentan la disciplina y el ambiente grupal por un objetivo deportivo, que es llegar a convertirse en futbolista. ‘Oto’ es un jugador de la Sub 12 de Independiente del Valle, que llegó a ver al psicólogo Víctor Guamán para contarle que vio a un jugador de su tierra en las pruebas deportivas y se motivó. El club intenta promover un entorno de compañerismo, con actividades extradeportivas como los estudios en el colegio, charlas y salidas fuera del complejo.

Son pocos los que reciben visitas de las familiares. Algunos viajan a sus provincias para visitarlos. Un jugador de la Sub 14 de Independiente fue a Esmeraldas, pero retornó desmotivado. Comentó que sus padres se “la pasaban solo peleando y hablando de que querían separarse”.

Los tutores y los psicólogos están conscientes de estos problemas. Por ello procuran mantenerse cerca de ellos, y cuando los casos ameritan les brindan un tratamiento personal. Sin embargo, en los clubes de Quito la evaluación es positiva.

Para Guamán, los chicos encuentran una nueva motivación al encontrarse con los jugadores de Primera. Al recibir sus uniformes se genera un sentido de pertenencia con el club del valle.

En Liga los más chicos, de la categoría Sub 12, viven en la residencia en Fundeporte, junto a la Fundación Su Cambio por el Cambio. El club resolvió implementar una figura familiar para los chicos con el entrenador Óscar Zubía y su esposa, quienes los cuidan y forman.

Para evitar que se sientan solos, los entrenadores hacen que los jugadores permanezcan ocupados. Estudian por la mañana y por la tarde se entrenan.

Para el psicólogo Fernando Aguinaga, de LDU, es normal que a los chicos les cueste adaptarse a un nuevo ambiente. “Pasa un buen tiempo hasta que se adapten. Les cuesta asimilar las normas, el tipo de comida. Hay que recordar que muchos de ellos vienen de hogares disfuncionales”, expresa el especialista, que ayuda a los albos.

En el club, el entrenador y el psicólogo le hicieron ver a un jugador que se encontraba ante la oportunidad de mejorar su calidad de vida. El joven había pertenecido a una pandilla de una ciudad costera, antes de venir al complejo de la ‘U’.

Cuando los jugadores incumplen las normas reciben sanciones. Son pocos los que han sido expulsados. Los entrenadores tienen una visión positiva del futuro de los talentos. Ana Carolina Lara, del Departamento de Desarrollo Humano del Independiente, dice que la diversidad de talentos hace fuerte al club.

En el equipo se realizan reu­niones donde se convoca a los padres para que ellos intenten mantener lazos de comunicación con sus hijos. No todos los padres llegan.

En las residencias, los jugadores también pueden estudiar y llegar a ser bachilleres. Los clubes de Primera de Quito, salvo Aucas, brindan estudios a sus jugadores de las canteras. Ahí se inculcan valores y dan charlas desde normas de convivencia hasta sexualidad.

Algunos sí llegan a Primera, como Steven Franco. Él es un ejemplo de que salir de provincia y cumplir el sueño de ser futbolista en un entorno nuevo es posible.

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