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El poncho se convirtió en bandera del Mushuc Runa

En el estadio de Gualaceo, en Azuay. Jaime Quinatoa no dejó de alentar a su equipo en ningún momento con su bombo y los cánticos.

En el estadio de Gualaceo, en Azuay. Jaime Quinatoa no dejó de alentar a su equipo en ningún momento con su bombo y los cánticos.

Diego Panda, vestido con un poncho rojo, camisa y pantalón blanco, bajaba de prisa de un bus amarillo de transporte público de Ambato. Lo hacía en la explanada del estadio Gerardo León del cantón azuayo de Gualaceo. Había un sol radiante y los presentes observaban inquietos.

Panda es el jefe del grupo más bullanguero, que lo conforman 40 aficionados del club Mushuc Runa, del fútbol tungurahuense en la liguilla de la Segunda categoría. El sábado pasado, a las 16:00, su equipo jugó de visitante ante el club Gualaceo, subcampeón del Azuay.

Este indígena de 28 años y otros cinco compañeros llegaron con bombos en sus manos y apoyados con un sujetador sobre sus cuellos. Llevaban mazos y palillos para darle ritmo a sus instrumentos. Hubo dos hinchas con cornetas plásticas, uno de ellos Andrés Llambo, quien contó que lo compró en USD 3.

En ese grupo todos tenían el atuendo indígena, menos Ángel Sinchi, un niño de nueve años que tocaba la trompeta. Él vestía un calentador verde. Soplaba con fuerza, sus cachetes se hinchaban y daba la sensación que se le salían los ojos.

Panda, Llambo y Sinchi llegaron en el segundo bus que la dirigencia puso para los seguidores. El primero arribó 10 minutos antes con 34 pasajeros, entre ellos Ángel Lligalo, de 35 años.

Él contó que salieron de Ambato a las 09:00. En cinco horas y 25 minutos llegaron al destino. Antier no almorzaron.

Los seguidores del Mushuc Runa no se sacaron sus ponchos pese al calor. Se pusieron en fila para ingresar al estadio. Nadie tenía boleto. Nancy Quinatoa pidió al controlador de la puerta, Augusto Cabrera, que contara cuántos debían ingresar. Este contó de dos en dos hasta que pasaron 74. Un hincha de Gualaceo bromeó con su amigo: “anda a ponerte el poncho para que entres gratis”.

Quinatoa pagó USD 296 (USD 4 cada boleto), financiados por la directiva del equipo. La alimentación y otros gastos van por cuenta propia. La mayoría, antes de ocupar los graderíos de tierra con quikuyo, se sirvió un seco de pollo que vendía Elsa Duchimaza.

Una vez iniciado el encuentro, los cánticos de los aficionados no cesaron. Unos 600 hinchas locales intentaban callarles con insultos, pero de pie siguieron avivando a su equipo.

En la barra visitante sobresalieron siete mujeres, entre ellas Amelia Choco, de 35 años, quien le tomó con seriedad el cotejo. Ella saltó y levantó sus manos al cielo con los goles de Félix Rosales (43’) y Joel Vernaza (80’).

Amelia no ocultó su enfado con los tantos del rival, marcados por Iván Trelles (57’) y Juan Moscoso (81’). Igual se molestó cuando Jordy Vernaza y Joffre Pachito se dejaron expulsar a los 78’ y 85’.

En los últimos minutos rezaba y cruzaba los dedos para que terminara empatado a dos goles. “Sí”, gritó, cuando el árbitro Byron López pitó el final del compromiso.

Panda fue el último en salir del estadio y en subirse al bus. “Estoy afónico, pero seguiré gritando por Mushuc Runa”.

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