4 de octubre de 2020 00:00

Migración no se detuvo en el sur de Chimborazo durante la pandemia

Réplicas de casas estadounidenses se construyen en las comunidades de Chunchi.

Réplicas de casas estadounidenses se construyen en las comunidades de Chunchi. Fotos: Glenda Giacometti / EL COMERCIO

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Cristina Márquez
Redactora
cmarquez@elcomercio.com(I)

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Decenas de casas de Chunchi, un cantón ubicado al sur de Chimborazo, están abandonadas. Sus propietarios siguieron migrando al exterior durante la pandemia.

En esos poblados indígenas, donde la actividad económica principal es la ganadería, hay casas grandes, que emulan a las estadounidenses. Tienen ventanas amplias, techos de teja y acabados lujosos, que contrastan con las pequeñas casas de adobe y techo de zinc que están edificadas junto a las nuevas construcciones.

“Son casas de migrantes. Los jóvenes sueñan con tener casas así, como las de sus vecinos, por eso se van”, explica Kléver Ordóñez, director de Fomento Productivo del Municipio de Chunchi.

Según los datos recopilados por el equipo técnico de las juntas parroquiales de ese cantón, unas 876 personas migraron en los últimos nueve años (2011-2019). La mayoría salió hacia Estados Unidos y otro grupo fue a España.

En Chunchi habitan 12 686 personas y el 70% está en el sector rural. El Cabildo aún levanta información de la migración de este año.

Aunque aún no hay datos oficiales, los comuneros reportaron a los técnicos que sus familiares se fueron al exterior en los últimos cuatro meses. En el sector Launag, por ejemplo, calculan que 50 personas viajaron a EE.UU. hasta julio.

Pero en las comunidades hay hermetismo, por lo que es difícil saber con precisión cuántas personas se han ido. La gente desconfía de los extraños y teme hablar de los viajes de sus familiares, debido a que lo hacen de modo irregular.

Julio A., de 18 años, cuenta que su hermano mayor finalmente arribó a EE.UU. en su segundo intento. En la primera ocasión quiso hacerlo en avión, pero fue detenido y deportado por las autoridades.

“Cuando llamó dijo que ya había llegado y que los controles migratorios eran menos fuertes, debido a la pandemia. Esta vez viajó por tierra”, dice, y evita dar más detalles.

Tampoco precisó la fecha de su salida, pero dijo que lo animó el rumor que se esparce en las comunidades de Cañar, Azuay y Chimborazo de que ahora es más fácil viajar, porque los controles son menos rigurosos por el covid-19.

Su hermano Andrés (nombre protegido) tiene 26 años y siempre quiso viajar al extranjero, como lo hicieron otros siete familiares. “Allá tenemos primos y tíos que trabajan y algunos hasta tienen papeles porque se casaron y tuvieron hijos, por eso sabíamos que él iba a estar bien y algún día yo también me iré”, indica Julio.

Andrés le contó pocos detalles de la travesía, que le tomó cerca de un mes. El grupo con el que viajaba salió por la frontera norte con Colombia, su familia lo vio irse en un bus con destino a Ibarra y volvieron a tener noticias suyas cuando cruzó a Colombia. La siguiente llamada la hizo desde EE.UU.

La frontera con Colombia permanece cerrada desde el 17 de marzo y los controles son rigurosos. Por allí solo pueden transitar vehículos autorizados para el comercio exterior.

Pero la Gobernación de Carchi tiene identificados 38 pasos clandestinos, por donde transitan contrabandistas y se movilizan personas. Son peligrosos senderos, con ríos y trochas. Según los bomberos, entre marzo y septiembre fallecieron tres personas que intentaban cruzar por el río Carchi, que crece cuando llueve, y otras 12 fueron rescatadas.

Las calles de Huigra, una parroquia de Alausí, también en el sur de la provincia, lucen solitarias. Ese pequeño poblado, donde viven 2 400 personas, es otro sector que tiene una alta migración de sus habitantes.

De acuerdo con las cifras del INEC, en el 2013 ahí vivían 4 360 personas. En Huigra hay dos restaurantes abiertos, una tienda y un puesto de frutas que tiene pocos clientes.

Cuando empezó la emergencia sanitaria y el tren dejó de llegar, los 14 emprendimientos que subsistían de los viajeros dejaron de funcionar.

Allí ya casi no hay población joven. Muchos migraron a EE.UU. y otros viajaron a Quito, Guayaquil y Riobamba.

“Algunos jóvenes volvieron esperanzados en que el tren devolvería el movimiento a Huigra, pero cuando el presidente (Lenín Moreno) anunció (en mayo) la liquidación de Ferrocarriles del Ecuador, se fueron”, comenta Pedro Acosta, uno de los pocos habitantes que le quedan a la parroquia.

Las noticias sobre la facilidad para ingresar a territorio estadounidense también llegaron a esa parroquia. Según una joven de ese poblado, hay personas que ofrecen viajes por USD 14 000 y prometen descuentos cuando les ponen en contacto con más viajeros.

Para William Murillo, principal de 1800-Migrante, una organización que ofrece asesoría para los migrantes ecuatorianos en Estados Unidos, la idea de que es más fácil llegar en la pandemia es otra mentira de los coyoteros para convencer a más personas para viajar.

Murillo piensa que la inestabilidad económica de Ecuador y la falta de fuentes de empleo ocasionará una segunda ola migratoria, como la que hubo en la década de 1990.

“El viaje a Estados Unidos pudo hacerse por vía terrestre pasando por Centroamérica, cuando los aeropuertos estuvieron cerrados. Pero es extremadamente peligroso, desaparecen personas cada semana”, advierte Murillo.

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