27 de octubre de 2019 00:00

El manual del buen anarquista se actualiza

Un manifestante chileno devuelve a los carabineros una bomba lacrimógena, durante las protestas en Santiago. Foto: EFE

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Alejandro Ribadeneira

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En esta época en que hay tutoriales para prácticamente todo (¡incluso hay guías para realizar tutoriales!), no es de sorprenderse de que en estas horas de convulsión circulen lecciones muy detalladas para preparar una bomba molotov o para enfrentarse con la Policía en una protesta callejera.

No nos referimos, por supuesto, a los videos de plataformas como YouTube, donde hay vigilancia de contenidos y esos tutoriales pueden ser incluso graciosos, como el de Whiskey Tribe, en que los videógrafos construyen sus bombas molotov con esa bebida y calcetines, y fracasan rotundamente. O manualidades cuasi-escolares para fabricar bombas de humo en casa, como los de ArteMaster.

Y tampoco nos referimos a consejos como los que se dan en DrBones NurseAmy, por ejemplo, donde el enfoque está dirigido para los ciudadanos atrapados entre una manifestación y la autoridad.

Los llamados ‘códigos negros’ circulan por otras vías, como la mensajería por aplicaciones, y contienen instrucciones adaptadas para localidad de los disturbios. El más famoso por estos días es el instructivo elaborado por los manifestantes de Hong Kong y que ha sido llevado a las calles de Barcelona. Es el ya célebre ‘Puente aéreo/Hong Kong-Barcelona’, que se presenta como un manual de “legítima defensa” para aplicarse en un ataque policial.

Ese documento trae consejos prácticos, como el de cubrirse los ojos con lentes plásticos gruesos o al menos gafas de piscina, usar mascarilla de pintor, salir con cascos de motociclista o ciclista, tener a la mano suero fisiológico para enjuagar los ojos en caso de gases lacrimógenos y usar guantes ignífugos para atrapar las latas calientes del gas y regresarlas a la Policía.

La organización Anonymous también difunde recomendaciones de defensa en caso de ataques con gas lacrimógeno y ofrece una receta para contrarrestar los efectos del gas, usada por los manifestantes griegos.

Tampoco es algo que no se pueda aprender en un curso básico de química: mezclar 50% de agua con 50% de antiácido líquido y verter en un atomizador o botella de espray.

Los protestantes callejeros de Venezuela también han elaborado sus instructivos para las bullas, como el recopilado en su blog por la periodista Paula Giraud Adriani.

Existen otros ‘códigos negros’ que están sazonados con reflexiones ideológicas. Y si hay algo que encrespa a los encargados de la seguridad de un Estado es la combinación de recomendaciones para una exitosa manifestación con las proclamas ideológicas. Ha sido así desde siempre. Los revolucionarios rusos del siglo XIX se carteaban para organizar los ataques al zarismo, así que, si alguien era sorprendido con una carta semejante, terminaba siendo enviado a Siberia.

En el siglo XX se escribieron varios de los más célebres (y censurados) manuales ideologizados. Uno es el ‘Minimanual del guerrillero urbano’, del brasileño Carlos Marighe­lla, un militante del Partido Comunista de su país.

Inspirado por el Che Guevara, se convirtió en guerrillero, fundó el grupo armado Ação Libertadora Nacional, participó en el secuestro del embajador estadounidense Charles Elbrick y murió en un enfrentamiento con la Policía de la dictadura, en São Paulo. Todo en 1969.

En ese año, escribió su famoso minimanual, en el cual también hay espacio para la retórica (“el guerrillero urbano, sin embargo, difiere radicalmente de los delincuentes”) y cuya intención es dar instrucciones para el combate en la ciudad, en una respuesta al manual que el propio Che escribió.

En efecto, el revolucionario argentino escribió en 1960 su ‘Manual de guerrillas’, donde establece que el corazón de la guerra está en el campo y no en la ciudad. Un millón de ejemplares de este libro se distribuyeron por el mundo. Ahí, el Che elevó a categorías universales los sucesos militares específicos de la lucha en contra de Fulgencio Batista y estableció cómo debía ser la lucha guerrillera en cualquier país.

Guevara pensaba que un pequeño foco de violencia bastaba para desatar una guerra de guerrillas que derrocara al régimen (el ‘foquismo’). Como se sabe, al Che no le fue bien aplicando su propio manual.

En el ámbito capitalista también han aparecido los manuales para la subversión. Uno de alto impacto y que sigue vigente (se lo consigue en Amazon), fue ‘El libro de cocina del anarquista’, de William Powell.

Impulsado por el desasosiego general a causa de la Guerra de Vietnam, Powell tenía 19 años cuando escribió y dibujó sus instrucciones para armar bombas, pelear cuerpo a cuerpo con la fuerza pública, realizar sabotajes e incluso convertir una escopeta en lanzacohetes.

Powell, que en 1976 se convirtió al cristianismo y se hizo profesor, se declaró horrorizado por su obra, la cual dio paso a otros manuales, e intentó retirarla de circulación. Murió hace tres años, sin que sus editores le cumplieran ese deseo.

Hay más. En ‘Roba este libro’, de 1971, el activista Abbie Hoffman impartió instrucciones para rebelarse en contra del sistema. Como una vez escribió Ray Bradbury, el autor de ‘Farenheit 451’, pensaba que un “libro era un arma cargada”. Claro que la frase de Bradbury era metafórica, lejos de laviolencia de la bomba molotov.

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