3 de julio de 2020 00:00

Indígenas en Loja, Imbabura y Tungurahua se autoconfinaron para prevenir los contagios

Los habitantes del pueblo saraguro de Kiskinchir están aislados desde marzo pasado. Foto: Lineida Castillo / EL COMERCIO

Los habitantes del pueblo saraguro de Kiskinchir están aislados desde marzo pasado. Foto: Lineida Castillo / EL COMERCIO

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En 13 comunidades de Saraguro se controla el ingreso, se crearon ferias agroecológicas para alimentarse y se aplican medidas de bioseguridad.

El objetivo de los habitantes de este cantón lojano es que ningún extraño ingrese para evitar la propagación del covid-19. Así lo resolvieron los líderes en sus asambleas y hasta ayer 2 de julio del 2020 no registraban contagios.

Apenas 2 kilómetros separan a Kiskinchir del centro de Saraguro. Es un poblado de 155 familias que viven de la agricultura y la ganadería. Rodrigo Medina es el presidente del Cabildo y recuerda que el 12 de marzo tuvieron la primera reunión para organizarse.

Allí crearon las mesas de salud, producción, seguridad y educación. Para estas designaciones pidieron apoyo a los profesionales de la misma comunidad.

Ellos se reúnen cada semana para evaluar la situación. La primera decisión fue la colocación de un palo de madera largo, atravesado en la carretera principal. Es el único acceso permitido, pero controlado por Danny Gualán.

El resto de las vías está bloqueado con barricadas de tierra. A Kiskinchir ningún extraño ingresa. En este punto de control se fumigan -con amonio cuaternario donado por el Municipio- motos, vehículos y zapatos de quienes salieron por alguna situación. En el centro poblado hay poco movimiento de personas.

Mujeres y hombres permanecen en sus huertos cuidando y sembrando brócolis, lechugas, zanahorias, fresas, papas, col, babacos, remolachas, granos y hierbas medicinales.

Los sábados hacen las cosechas para la feria agroecológica que se realiza el domingo en la cancha comunal. Ese es el espacio para intercambiar o comprar productos, para la alimentación de la semana. Antes de la pandemia no existía este espacio comercial.

El domingo pasado hubo 18 puestos. Lucía Sozoranga ofreció harina de granos procesados artesanalmente. Angelina Lima vendió quesillo, queso, leche y yogur; y Narcisa Japón, fresas y otras frutas.

Antes de la emergencia, la producción de esta zona abastecía a los mercados de Saraguro, Loja y el cantón Yantzaza (Zamora Chinchipe).

“Por temor al contagio nos confinamos y estamos sobreviviendo en comunidad”, cuenta Rodrigo Medina, presidente del Cabildo. Dice que la mayoría de las personas está consciente de los riesgos con el coronavirus, por eso no se sienten cansados del encierro.

Lagunas
, Tuncarta, Tambopamba, Yukucapak, entre otras comunidades, también se blindaron. Colocaron barricadas de troncos, piedras y tierra en las vías y dejaron un solo acceso habilitado, desde donde se controla el ingreso. Otros pueblos también se autoconfinan.

Estrategias similares adoptaron los indígenas awá de los 27 centros poblados de Esmeraldas, Carchi, Imbabura y Sucumbíos. Las restricciones fueron acordadas por la Federación de Centros Awá del Ecuador (FCAE) con los dirigentes, el pasado 16 de marzo.

Las largas distancias que hay entre varios poblados rurales y los centros urbanos son asumidas como una barrera natural. El objetivo es evitar que el coronavirus afecte a los 6 000 miembros.

Lo dice Jairo Cantincús, líder de la FCAE. No se colocaron obstáculos en los caminos, solo se recomendó a los presidentes y guardias comunitarios que vigilaran el acceso. “Mediante asambleas se informó a los comuneros -en idioma awapit- sobre la actual situación de la pandemia, las recomendaciones de la OMS y la necesidad de autoaislarse”.

En Imbabura, varias comunidades kichwas sí colocaron obstáculos. La Federación de Indígenas y Campesinos de Imbabura -que aglutina a los pueblos Otavalo, Kayambi, Natabuela y Karanki- recomendó a los dirigentes mantener un solo camino para verificar el paso de personas y activar medidas de bioseguridad, como la fumigación.

En Tungurahua, el incremento de casos de covid-19 hizo que las 17 comunidades del pueblo Salasaka optaran por un aislamiento voluntario durante dos semanas.

Los 12 000 habitantes de esta parroquia del cantón Pelileo dejaron de realizar sus actividades de comercio y artesanales para evitar más contagios.

Antonia Quinatoa, presidenta de la Junta Parroquial, explica que la decisión la adoptó el Consejo de Gobierno como prevención. El aislamiento se inició el 2 de junio y concluyó 15 días después. “Ayudó a frenar a que haya más personas contagiadas y se redujo el número de muertes. Hay 6 casos positivos y 10 con sospecha”.

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