21 de September de 2009 00:00

Horacio Hidrovo, memoria y arte del campo montubio

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Rubén Darío Buitrón

Él tiene un sueño y no dejará de soñarlo mientras viva: que la cultura se institucionalice en el campo montubio (montuvio con ‘v’ pequeña, como él prefiere).

Un maestro manabita

El Premio Nacional de  Cultura Eugenio Espejo  , concedido por el Gobierno, galardonó  este año  a Horacio Hidrovo, Euler Granda, Estuardo Maldonado, Magner Turner y la Academia Nacional de Historia.
Horacio Hidrovo  Peñaherrera  es uno de los promotores culturales más importantes del país. Es el creador del festival La flor de septiembre, un evento anual reconocido mundialmente  como un hito  del debate intelectual, filosófico, literario, sociológico y político. 

En Manabí es difícil encontrar un referente más profundo, más intenso y más vital que Horacio Hidrovo Peñaherrera, el maestro que hace pocas semanas recibió el Premio Nacional de Cultura Eugenio Espejo.

Es el maestro nacido en Santa Ana, el profesor de muchos años en el colegio nacional  Olmedo de Portoviejo, el don Horacio, el vecino, el padre, el juglar, el poeta, el ejemplo, la luz.

Es el símbolo de la necesidad de una lucha persistente e incansable por dar a su pueblo lo que más merece: el orgullo, la autoestima, la identidad, la pertenencia, el saber de dónde viene y adónde va. 

A sus 78 años, cumplidos el pasado 24 de julio,  no ha perdido el entusiasmo. Mucho más porque siente el privilegio de haber transitado dos siglos, el XX y el XXI, y sentir que en el mundo queda mucho por hacer.

“Estos dos siglos han sido 100 años de perseguir al hombre; del hombre persiguiendo al hombre, acechándolo, cercándolo hasta robarle los sueños. Pero pronto brotará desde la tierra fértil una nueva generación, vigorosa, resuelta, decidida a devolver al hombre lo que le pertenece: su libertad”.

Lo dice así, lleno de esperanza y multitud, pletórico de emociones y sensibilidades siempre conectadas con el pueblo, con la gente sencilla, con los discriminados, con los que llevan en la sangre  la historia, la tradición, el sabor y la memoria popular.

“Vengan, artistas/ que hay viento para los pulmones./Vengan a nacer con nosotros”.

A la entrada de un ambiente de caña guadúa y árboles y río aparece un enorme cartel dibujado por las ahora temblorosas manos del maestro. Es el museo qué él siempre buscó construir. Y aunque todo de la casa y el patio y el puente de caña sobre el estero  y la casa de atrás es rústico, desordenado, ecléctico, recorrer  este escenario insólito  no deja duda de todo lo que ama, de todo lo que quiere dejar a su provincia como semilla fresca  y como árbol centenario: su legado narrativo, poético, político; su amor por la música, el cine, los libros, las leyendas, las tradiciones; su proyecto de recuperar  todo aquello que sabe y huele y suena como  identidad manabita.

Amigo y compañero de grandes escritores latinoamericanos como  Jorge Amado y Eduardo Galeano, y de extraordinarios autores  ecuatorianos  como Demetrio Aguilera Malta, Hugo Mayo, Jorge Icaza y Euler Granda, entre muchos otros, Hidrovo debe su pasión por la gente   a su inagotable  espíritu viajero.

Es de aquellos que una mañana cualquiera decide embarcarse en un auto y viajar largas y fecundas horas por los pueblos del Ecuador y de América Latina.

Y es de esos viajes donde ha recopilado ideas y testimonios y documentos e inspiraciones para sus 22 libros, entre ensayos, novelas, estudios culturales, crónicas y  poemas.

Y es de esos viajes donde, también, ha traído retratos, diplomas, pinturas, instrumentos musicales, muebles, esculturas.

En Sasay adentro, en Santa Ana,  está lo que es y será el último refugio de Horacio Hidrovo.

Y quizás, si el Estado actúa con justicia, sea el lugar donde se disemine y se multiplique su amor por lo que es, por lo que somos.

Y quizás en esa aparentemente extraña mezcla de marimba esmeraldeña junto a un afiche gigante del campeón Jefferson Pérez esté la esencia de nuestra identidad.

Y quizá su canto y poesía,  su decisivo amor por la tierra montubia, contagien de identidad a  las nuevas generaciones:

“Crecieron mis nietos,/ llueven de esperanzas vivas./ Ahora los miro de abajo hacia arriba/ como cafetales en un día de fiesta”.

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