20 de September de 2009 00:00

Eduardo Pólit ofrece un libro vivencial

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Byron  Rodríguez Vásconez, Editor de Cultura

Don Rafael Pólit, el abuelo de Eduardo Pólit Molestina, interpretaba 12  instrumentos.



HOJA DE VIDA
 Eduardo Pólit  Molestina
Se graduó de abogado en    la Universidad Central del Ecuador. En 1966 se especializó en materia bursátil,  España.
Entre 1978 y 1979 hizo una maestría en Harvard, en Finanzas Públicas.

Todos los de cuerda (guitarra, violín, violonchelo, bajo, contrabajo…). Eduardo, un reconocido abogado quiteño, se emociona al recordarlo. “Lo conocí en mi infancia, en los años cincuenta; tenía una bella voz de barítono; le decían ‘El Pollo”. Aquel mote se quedó como patrimonio familiar y ahora a Eduardo lo nombran igual.

Al evocar a su madre, doña Lucila Molestina, su voz se quiebra.

Ella enseñó música durante 60 años en los colegios Americano, Fernández Madrid y 24 de Mayo. Nació en Guayaquil y desde niña fue una virtuosa del piano.
 
A los 5 años ofreció su primer concierto de piano en Guayaquil. Interpretó los seis minuetos de Mozart, el niño prodigio que,  a sus  5  años, los compuso entre diciembre de 1761 y julio de 1762. 

Los grandes músicos que se quedaban en esa ciudad, en su travesía a San Francisco, EE.UU.,  contrataban a Lucila  para que los acompañara en los conciertos.



“No son los años que tengo, sino la vida que pongo a mis años”. 
Eduardo Pólit Molestina
Abogado y ensayistaPólit Molestina alisa su pelo blanco y enseguida rememora que los grandes vapores que venían de Europa cruzaban el estrecho de Magallanes, al sur, iban a Valparaíso, Callao, Guayaquil y San Francisco.

En el Puerto Principal pasaban 10 días abasteciéndose  antes de reiniciar el viaje. Por eso ofrecían conciertos y  Lucila, a sus 13  años, era la pianista más solicitada por los músicos de cuerdas.

Una ocasión, en 1925, -dice Eduardo Pólit- llegaron  un destacado chelista belga y su esposa.

Él se  emocionó con el talento de Lucila que pidió al padre, José María Molestina, que le permitiera estudiar en Europa. El padre dio un no rotundo. De lo contrario –continúa Eduardo- yo no estaría aquí, no hubiese tenido a mis tres hijos, Ana Rosa (pedagoga), Juan David (abogado) y Alegría (pintora que vive en Europa), a mis nueve nietos y tampoco hubiese aparecido mi libro.

Con la ilusión  de un niño que enseña su juguete más preciado, Eduardo muestra la flamante publicación: ‘Tu padre… ¿es tu amigo?’, (V&M Gráficas y el apoyo de Mr Books), dedicada a fomentar la comunicación familiar, mediante el amor.

En las 376 páginas se refleja la  vida del autor, sus ricas experiencias, su sabiduría. “Con este libro les digo a mis nietos, a mis hijos, les quiero, aquí está mi legado”. Pero no solo a su familia. El libro, que se presentará  el martes, es un compendio de consejos y vivencias para que los padres den amor a los hijos y ellos lo devuelvan. Así los chicos se convertirán en buenos ciudadanos, buenos padres y, ante todo, mejores seres humanos.

La luz del sol inunda el estudio de Pólit Molestina, en la avenida Eloy Alfaro, norte de Quito. Ilumina más una acuarela, flores de azul profundo, de su hija Alegría.

“El amor es luz –prosigue-, por eso la Madre Teresa dijo que el mundo de hoy está de cabeza y sufre porque hay tan poquito amor en el hogar; el mundo anda de prisa, ansioso de riquezas y cosas, los niños tienen muy poco tiempo para sus padres y estos no los incluyen en su agenda cotidiana”.
Eduardo Pólit es un afortunado porque sus familia  ha  sido fuente de amor y aprendizaje.

Un ejemplo: la madre, quien vino muy jovencita a estudiar en el Colegio Sagrados Corazones de Quito, enseñó a  cinco hijos  a tocar el piano. “Quizás soy un músico frustrado, pues cuando salía de mi casa, de la avenida  Orellana, silbaba y componía canciones en mi mente. Yo tenía 7 años. El filósofo Juan David García Bacca, mi suegro, decía que la música es el punto cercano entre el hombre y el infinito”.

Juan, otro hermano, no aprendió el piano,  más bien  le encantaba contar chistes –tenía una libreta en la que escribió chistes para todas las edades. Era tan ocurrido que en una clase de la Academia Militar Ecuador un profesor de inglés le preguntó: “Juan, ¿cómo se dice yo veo? ‘I see’, respondió Juan, porque un amigo le susurró. Traduzca Yo no veo, pidió el profesor. Juan respondió: ‘Ay  no’…”. 

Al mencionar al suegro, el filósofo español, don Eduardo abre otro capítulo de su existencia.

Tuvo la suerte de compartir los últimos años de vida del gran filósofo, quien tradujo los 12 tomos de Platón del griego antiguo al español.  Una proeza intelectual, ya que las traducciones se hacían primero al inglés, al alemán, luego a nuestra lengua.  

El filósofo escribió más de 1 000 libros y artículos. Creó las facultades de Filosofía de la Universidad Central y la de Cuenca, con ayuda de Carlos Cueva Tamariz; dio cátedra en la UNAM. Era un políglota. Hablaba francés, latín, arameo, inglés, griego, hebreo…

¿Cómo llegó a Quito? Escapando de la dictadura de Franco, en 1937. García Bacca era republicano. Tenía una afección pulmonar y en España le dijeron que el aire limpio de Quito anulaba al virus. Primero fue a Guayaquil, donde contrajo matrimonio con doña Fanny Palacios Vásconez (hoy tiene 89 años).
Nacieron tres hijos quiteños: Francisco, Ana Rosa, esposa de Eduardo Pólit, a quien conoció en 1964, y Cristina.

De su  biblioteca, Pólit saca una joya de 1967, escrita por García Bacca y editada en Venezuela: ‘Invitación a filosofar, según estilo y letra de Antonio Machado’.

El filósofo vivió con la familia Pólit en la casa de Cumbayá desde mediados de los  ochenta hasta 1992, año de su muerte. “No he perdido la ilusión de vivir”, decía a sus 86 años.  

El libro de  Pólit contiene varias referencias  de García Bacca, quien dijo que su vida fue un diálogo con Platón y descifraba las ecuaciones de Einstein como si rezara  el padrenuestro. Tal era su sapiencia.

¿Cómo nació el apodo de ‘Pollo’? Eduardo sonríe. Se arrellana en el sillón. “A mi abuelo Rafael (1868-1955) le invitaban a todas las fiestas de Quito. Una vez lo llevaron a una hacienda de unas primas en Píntag.

Mi abuelo cantaba con su guitarra  hasta las 05:00 para los adultos; luego interpretaba cinco canciones, al pie de una ventana, para las chicas, y a dormir”.
Alguien dijo –advierte Pólit- que mi abuelo cantaba a la hora de los gallos. “Pero es tan chiquito que parece un pollito”, dijo una prima.

Esta y otras anécdotas están en el libro, al igual que la relación de pareja (la comunión de dos almas), la guía de los padres para que los hijos se conozcan a sí mismos; la alegría de los amigos, como Rodrigo Ribadeneira A., Walter Wright;  la inolvidable calidez de los abuelos.
 
Pólit hojea su libro. Es  feliz por su otro  retoño, que es raíz y herencia. “Lo que salva siempre es dar un paso más, otro paso más”, concluye como una sabia  sentencia que ha guiado su vida ejemplar.

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